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El país que debía venir, el que tenemos y el que vendrá…

Pero el optimismo que nos inyectan los autores de esta obra nos hará reaccionar, a los que fueron, a los que somos y al resto de los que han de venir

Aún no leo el libro escrito por cuarenta jóvenes salvadoreños sobre “el país que viene”. Me entusiasma conocer a muchos de ellos y comprobar que son auténticos líderes, sinceros y sobre todo, emprendedores. Son ciudadanos que seguramente desean una nación sin corrupción, sin pobreza, sin “crispación” política, donde se debatan las ideas, en el que los empleados y funcionarios públicos sean profesionales y la administración ágil y eficiente. Presumo que están hartos de la falta de consensos entre los diferentes partidos y entre estos y el sector privado, los trabajadores y las organizaciones civiles. Indiscutiblemente alguno se habrá referido al enorme perjuicio que causa la inseguridad pública porque reduce la calidad de vida a niveles muy vergonzosos. 

Sería bastante extraño que nadie mencionara a los compatriotas que migraron y la urgente necesidad de motivar el retorno del talento humano que se largó por la inestabilidad que afectaba a su cantón, barrio o colonia. No faltarán quienes traigan a cuenta la exigencia de transformar los servicios públicos y que esa patria, la que viene, dignifique al ser humano con políticas públicas sostenibles, alejadas del populismo y del clientelismo, que mejoren sustancialmente la educación y la salud de los habitantes. Por otra parte me niego a pensar que quieren un lugar en el que se relativizan la verdad, el valor de la responsabilidad y el de la libertad, donde el respeto a la vida desde el momento de la concepción y al matrimonio entre un hombre y una mujer sea cuestión de “grises”, sin importar su desnaturalización. Un pueblo en el cual los jóvenes de hoy ignoran que aquellos principios y virtudes tan fundamentales que practicaron sus padres, los formaron a ellos para que ahora ayuden a trazar la hoja de ruta de las nuevas generaciones.

Que la honda polarización política le está absorbiendo la vida a nuestra juventud no está en discusión. Millares de chicos se encuentran sin empleo, otros tantos se marchan buscando mejores oportunidades, varios miles son asesinados anualmente mientras que otros se encuentran atrapados en una espiral sin salida que les obliga a vivir con miedo. Son muchachos sin ilusión, frustrados apenas a sus veinte años de edad. Los que con suerte alcanzan el cuarto de siglo están invadidos por la incertidumbre. No saben cómo escapar de la violencia, no entienden porque se les cierran las puertas, no comprenden porque los que gobiernan, los empresarios y los que han tenido éxitos profesionales discuten permanentemente sin conseguir acuerdos mínimos que garantizarían el futuro de aquellos y les engendrarían un poco de esperanza.

“El país que viene” no existirá, o será muy tarde, si se continúa secando el alma de la población joven. Cuando ésta no encuentra explicación por el asesinato de sus padres, hermanos, parientes o amigos se marchita su entusiasmo. Se agotan sus ilusiones si no pueden estudiar porque escasea el dinero en su hogar o al fracasar en la búsqueda de un trabajo después de graduarse como universitarios. Los adolescentes se sumergen, ensimismados, en un mundo que ha perdido el ánimo cuando se les prohíbe correr en sus comunidades porque las pandillas de la zona contraria, o las mismas de su barrios, los matan, bajo el pretexto sin sentido que quizás escapan de alguna traición en contra de su mara. ¿En cuál sitio del mundo es normal que los jóvenes no puedan correr por temor a ser liquidado por sus “amigos”?

Para quienes firmaron la paz, el país que debía venir era uno sin conflicto armado, con una institucionalidad remozada, en el que los militares se subordinaran al poder civil y donde la falta de certeza acerca de quién ganaría las elecciones sustituyera a los masivos fraudes que estafaban la voluntad ciudadana. Parece que lo lograron y varias de sus aspiraciones se concretaron sentando las bases de un sistema democrático que, no obstante encontrarse en transición, se distanció notablemente de los abusos del pasado. Para los que ahora deberían detentar el poder, quienes sobrepasan los 40 años de edad, el “país que vino” lamentablemente se limitó a mejorar su bienestar personal y no se hizo nada por modernizar y reeditar los acuerdos de paz. Con excepción de algunos pocos, al resto le faltaron valentía, visión y liderazgo para impedir que llegaran al gobierno los que por décadas han exprimido “patrimonialmente” al Estado haciendo del erario público su mejor botín.

Pero el optimismo que nos inyectan los autores de esta obra nos hará reaccionar, a los que fueron, a los que somos y al resto de los que han de venir. La sinergia entre estas tres generaciones es fundamental para que esa República apetecida no tarde mucho tiempo en arribar.

*Columnista de El Diario de Hoy.