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El país que casi lo logra

n el ámbito académico, muchos investigadores y analistas de políticas públicas siguieron el caso de El Salvador de la década de los noventa con muchísimo interés. Un país recién salido de una cruentísima guerra civil, con una economía inexistente, con la más de la mitad de la población debajo de la línea de pobreza, con cientos de miles de salvadoreños emigrando para buscar oportunidades que les permitieran huir de la ahogante situación y buscar subsistencia.

Un proyecto de modernización económica se puso en marcha: se re-privatizó la banca, se liberalizó el comercio y las finanzas, se privatizó el sistema de pensiones, se adoptó el dólar estadounidense como moneda para estabilizar el sistema cambiario. Los indicadores económicos parecían demostrar el éxito temprano de las reformas, pues El Salvador se encontraba entre una de las veinticinco economías más libres del mundo a mediados de la primera década de los dos mil. Para poner en contexto este logro, de toda Latino América sólo Chile y Costa Rica, países que se destacan por su desarrollo económico y puntuaciones superiores a la salvadoreña en el Índice de Desarrollo Humano, se encontraban en una mejor posición.

Si bien cualquier indicador tiende a mejorar cuando se logra la estabilidad después de un conflicto, los indicadores sociales también alcanzaron metas que permitían ver el futuro del país con optimismo: el porcentaje de hogares en situación de pobreza bajó del 60% al 34.6%, mientras que la pobreza extrema fue reducida del 28.2% al 10.8% (Hidalgo, 2009).

Mucha gente considera que los números e indicadores sólo le sirven a los burócratas y académicos que hacen sus estudios desde la comodidad del aire acondicionado de sus oficinas, pero los indicadores de la época explicaban lo que para un 40% de familias que cocinaban con leña se tradujo en la posibilidad de mejorar su calidad de vida a través del acceso a energía eléctrica o cocinas de gas.

Muchos de los académicos de economía del desarrollo que vieron con interés y optimismo este aparente despegue, ahora se preguntarán ¿qué le pasó a El Salvador? Parecería mentira que este país que presumía de pujanza económica y apertura a la inversión sea el mismo que ahora, apenas una década después, tiene una tasa de pobreza que ha aumentado para alcanzar el 47.5%. Que sea el mismo que ha caído más de veinte posiciones en el índice "Doing Business" del Banco Mundial y más de treinta en el de Transparencia Internacional.

La mentalidad de víctimas de algunos podrá excusar estas caídas en los desastres naturales que tuvo que afrontar el país o en la falta de recursos, a pesar de que en realidad, la ayuda internacional jamás ha ignorado a El Salvador y ha sido más bien el mal manejo de recursos lo ha provocado que haya pocas obras que mostrar a cambio.

Si llevaba buen rumbo, ¿qué le pasó a El Salvador? Lo obvio se cuenta rápido: décadas de gobernantes aferrados al poder que favorecieron al capitalismo de compadres, una clase política que ha erosionado las instituciones desde el gobierno, una cultura de crimen contra la que no hay estrategias claras, una corrupción que se ha vuelto la moneda de cambio… y una sociedad civil que lo permitió. Y lo último, es lo que por difícil de aceptar, muchos omiten de la explicación.

*Lic. en Derecho.

Columnista de El Diario de Hoy.

@crislopezgE