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Un país en deuda

La Embajadora se enfrentó a la polarización salvadoreña actuando como si no existiera: en su residencia disfrutaron codo a codo políticos de todos los partidos.

Que somos un país endeudado, no es secreto para nadie. Pero la deuda que comenta esta columna, a diferencia de las que ahogan fiscalmente a la nación, es una menos dolorosa, pues al contraerla se generaron lazos de respeto y amistad que formarán a partir de ahora parte de la historia política de nuestra nación. Esta es la deuda de gratitud que como salvadoreños, contrajimos con la Embajadora Mari Carmen Aponte, quien recién termina casi un lustro de servicio a su nación al frente de la Embajada estadounidense en El Salvador.

A los Estados Unidos nos enlaza una historia no exenta de complejidades, que van desde la cantidad de salvadoreños que de una manera u otra han encontrado refugio o alternativas en USA, pasando por las deportaciones y sus consecuencias involuntarias, incluyendo el intervencionismo durante la guerra civil, terminando con las exorbitantes figuras de inyecciones económicas que en forma de financiamiento o cooperación Estados Unidos ha entregado a El Salvador. Si a estas complejidades se les agregan elementos políticos (tanto los de Washington DC como los de San Salvador, La Habana y Venezuela), no puede dejar de admitirse que navegar esta relación no es un trabajo fácil y que, la persona en cuyas manos recae la responsabilidad de representar los intereses de los Estados Unidos en El Salvador,  no necesariamente se ha ganado la lotería en lo que a destinos diplomáticos respecta.

Desde el inicio de su nombramiento, a la Embajadora Aponte le tocó cuesta arriba: su confirmación fue entrampada por la polarización del Congreso estadounidense. No deja de ser irónico que al resolverse este entrampamiento específico, la Embajadora aterrizó en un país donde la polarización no es mejor: la diferencia no es necesariamente partidaria o ideológica, puesto que las colas pateadas han sabido unir a los extremos del espectro político en ocasiones. Sin embargo, la Embajadora se enfrentó a la polarización salvadoreña actuando como si no existiera: en su residencia disfrutaron codo a codo políticos de todos los partidos. Desde los que aprobaron la dolarización con los ojos cerrados hasta los que cuando convenía, rebuznaban en contra del “imperialismo”. Y esto podría minimizarse como simple diplomacia, pero la verdad es que no eran necesariamente los fuegos artificiales de la celebración del 4 de julio iluminando el Boulevard Santa Elena los que lograban silenciar los rebuznos, sino la cálida y afectuosa bienvenida de la Embajadora, que había decidido ir más allá de su mero mandato de representar los intereses de su país, y había invertido verdadero interés en nuestra tierra, nuestra gente y nuestros problemas.

Hizo suyos nuestros problemas en el sentido que se volvió, ante un Congreso no siempre amigable, una vocera leal para que cooperaciones como Fomilenio no se perdieran. Cuando era necesario, y de manera prudente, abogaba por la transparencia y la lucha contra la corrupción. En lo personal, le reconozco con enorme gratitud el interés que puso siempre en la juventud salvadoreña y en nuestras iniciativas y activismo, con independencia de las metas políticas que las inspiraran. Alrededor de la mesa durante los almuerzos que en más de una ocasión organizó con jóvenes salvadoreños, fomentó el diálogo entre jóvenes que probablemente teníamos poco en común, y así comunicó su visión optimista de que tendríamos un país mejor si trabajábamos juntos. 

En un país donde aún no hay paridad de genero en las posiciones de poder, ejerció su cargo de manera inspiradora, compartiendo con otras mujeres sus experiencias y consejos – que equivalen a estar en la cima, pero enviar el ascensor hacia abajo para que otras suban. Gracias a su iniciativa y por la invitación que personalmente le hizo de visitar el país, varias mujeres salvadoreñas tuvimos la oportunidad que envidiarían muchos estadounidenses de escuchar empoderadores consejos de boca de la magistrada Sonia Sotomayor.

Hace unos meses, y por pura casualidad, me encontré con la embajadora en el aeropuerto de Dulles, en Washington DC. Ambas estábamos esperando abordar el mismo avión que a mí, me llevaría de visita a mi casa y a ella, a finalizar los últimos detalles de su retirada. La saludé y me presenté, solo para agradecerle porque, en mi opinión, había hecho muchísimo por el país. Como si no fuera suficiente, y como si nos debiera algo, dijo “hubiera querido poder hacer más”, que es más de lo que podrían decir muchos políticos salvadoreños. ¡Gracias por tanto, Embajadora!
 

*Lic. en derecho de ESEN con maestría en Políticas Públicas de Georgetown University. Columnista de El Diario de Hoy.
@crislopezg