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Pachamama, ¡ten piedad de nosotros!

Pzzzzzt…. ¡Plac!

Así suena el último suspiro de un zancudo, seguido de una cachetada cuando lo destripamos cerca de la oreja. Ante semejante abuso, la pena de muerte es mandatoria, sobre todo si sucede de madrugada. Que cólera cuando fallamos en el intento, y el zumbido regresa una y otra vez. A rociarnos, hasta el tímpano, de repelente se ha dicho.

Repelente aerosol que se suma al dióxido de carbono y otros gases, para poco a poco destruir la atmósfera de la muy paciente madre tierra.

Bendita Pachamama. Venerada por los incas, pero también por los mayas, le pedimos piedad, la primera semana de agosto, rociándole sangre de llama en Cuzco, y de gallina en Chichicastenago, Santa Rosa de Copán e Izalco. Pacha que quiere decir tierra y mama, el ser más sagrado desde el cual, los mamíferos, damos nuestro primer soplo de vida.

En los 60's, empezamos a atacar a la Pacha con todo. La economía era dinamizada por la productividad baby boomer. Manejábamos grandes lanchas como el Chevy Impala. Todos vimos cuando, desde la luna, Neil Armstrong daba un paso pequeño para el hombre, un brinco gigante para la humanidad.

El cielo era el límite y las fábricas y autopistas soltaban bocanadas de dióxido de carbono. Esto 24-7 pues la noche parecía día, y la maquinaria siempre rugía, gracias a la energía generada por la quema de abundantes combustibles fósiles.

Los tres billones de homo sapiens de aquel entonces ahora somos siete, deforestando para encontrar donde vivir y con qué cocinar, desperdiciando el agua, contaminando océanos, y destruyendo la atmósfera de Pachamama.

En aquel entonces, no fallaban los zompopos de mayo ni los vientos de octubre. La chumpa era mandatoria en las noches de diciembre, éramos el país de la sonrisa. La Pachamama bendecía a los agricultores con el clima perfecto y lluvia, en el preciso momento, para abundantes cosechas de maíz, frijol, arroz, café, azúcar y algodón.

Muy de vez en cuando la Pachamama, quizá en protesta por nuestro maltrato, se sacudía con fuerzas, desde su epicentro, o disparaba huracanes mortales desde el Caribe.

Ahora, hay años en los que no podemos guardar los paraguas de octubre a abril, y otros que casi no los sacamos de mayo a septiembre. Las piscuchas, si hay viento, se vuelan en diciembre. Los zompopos, si salen, salen en julio. El maíz se cosecha si no se seca. El algodón se acabuche, el café se lo comió la roya, importamos frijol, parecen haber más lágrimas que sonrisas, y la chumpita se queda colgada en el closet acumulando tufo a naftalina.

Con demasiada frecuencia, vemos en la tele como la Pachamama, seguro en protesta por tanto maltrato, se sacude con fuerzas omnipotentes disparando tsunamis y avalanchas, ahogando poblaciones costeras y enterrando alpinistas.

"Para que mis hijos aprendan a respetarme" y zazzz, dispara olas de calor y de frío, inundaciones y virus mortales, como el VIH y el ébola, que paralizan a millones y matan a miles.

Enfurecida, este año la Pacha ha puesto a escupir volcanes como el Calbuco de Chile, el Pacaya de Guatemala y el Turrialba de Costa Rica.

Sé que no lo merecemos pero por favor, Pacha, deja quieto al Chapa de San Miguel y devuélvele lo pacífico a nuestro Pacífico. Necesitamos volver a pescar, ostritas ofrecer y turistas alojar. Protégenos de tu niño, para que llueva a tiempo y nuestras cosechas no sigan a la deriva. No nos pongas de rodillas como en Nepal pues así de frágiles como estamos, quien sabe si nos levantamos.

Señora Pachamama, ten piedad de nosotros. Madre naturaleza, ten piedad de nosotros. Pacha óyenos. Mama escúchanos.

* Colaborador de El Diario de Hoy.

calinalfaro@gmail.com