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El otro Óscar Arnulfo

No, este artículo no se refiere a monseñor Romero, sacerdote católico salvadoreño y cuarto arzobispo metropolitano de San Salvador (1977-1980), quien se volvió célebre por su predicación en defensa de los derechos humanos, muriendo asesinado en el ejercicio de su ministerio pastoral, ese fatídico 24 de marzo de 1980.

No tengo que escribir sobre el obispo asesinado, ya que han corrido ríos de tinta sobre su vida, obra y labor pastoral. No tengo que hablar de él, ya que él es omnipresente en El Salvador, su nombre está en nuestros bulevares, avenidas, escuelas y aeropuerto. Los movimientos sociales, usualmente de izquierda, han hecho suya su efigie y no es raro ver su rostro en las protestas y marchas --violentas o pacíficas-- que frecuentemente se llevan a cabo en El Salvador.

Este artículo está dedicado al OTRO Óscar Arnulfo, aquel de quien nadie habla. Ningún político lo menciona por el simple hecho que ni su nombre ni su vida genera réditos políticos. La izquierda salvadoreña tampoco lo menciona; ninguna marcha, ninguna protesta lleva camisas con su rostro, ni aparece en las pancartas de los movimientos sociales. De hecho, se evita mencionar a tantos como él y se pretende minimizar su número, ya que forma parte de las terribles estadísticas de criminalidad que golpean el rostro de la sociedad civil, bajo la forma de 14 muertos al día.

Ahora me refiero al otro Óscar Arnulfo Romero, de quien seguramente el Papa tampoco ha oído hablar, no existen educadas presiones por parte de políticos salvadoreños, que se toman el tiempo de realizar ese largo viaje a Roma, para "interceder" por la causa de su canonización. Y es que este Óscar Arnulfo no dictaba grandes homilías, ni sabía de teología, él era un humilde, sencillo y abnegado profesor de karate de 31 años, asesinado junto con su hermano, el pasado miércoles 29 de julio de 2014, en San José Villanueva, La Libertad.

Las lágrimas de su hija Briana tocando el ataúd y preguntando si volvería a ver a su "papito", no salieron en CNN, tampoco se generaron desórdenes urbanos con su muerte, ningún político ha visitado su tumba, ni le han llevado flores, ni se han nombrado escuelas o calles en su memoria. Óscar Arnulfo, sostén de su hogar, fue asesinado con lujo de barbarie por el actuar criminal de las maras y ningún diputado se ha preguntado cómo hace ahora su familia para sobrevivir. Ningún funcionario, ningún candidato, ningún miembro de alguna cartera ministerial se lo pregunta, simplemente porque ese "otro" Óscar Arnulfo les incomoda.

De acuerdo con cálculos de colaboradores de Óscar Arnulfo, en su humilde academia de karate, en el transcurso de una década, instruyó en taekwondo y karate a unos 500 niños y jóvenes de San José Villanueva, a quienes solo les pedía a cambio que no consumieran drogas y, por consiguiente, que se alejaran de la violencia, violencia la cual eventualmente lo alcanzó a él y a su hermano José Mario, habiendo sido ambos asesinados el mismo día, dejando entre ambos a cinco pequeños hijos en la orfandad y a todo un pueblo consternado por lo brutal del crimen.

A su sepelio no asistieron políticos ni delegaciones internacionales, tampoco entidades que velan por los derechos humanos, ninguna organización social --local o internacional-- estuvo presente. Fueron los vecinos de San José Villanueva y Zaragoza, así como jóvenes educados por Óscar Arnulfo y José Mario, los únicos que estuvieron presentes, colocando cada uno parte de sus medallas ganadas en competencias, sobre el ataúd de su "Sensei"; otros colocaron una rosa y unos, simplemente dejaron caer más de una lágrima mientras hacían una columna para verlos por última vez.

El proyecto que Óscar Arnulfo y su hermano José Mario realizaban en beneficio de la niñez y juventud de San José Villanueva era tan exitoso, según comentaron algunos de sus colaboradores, que la alcaldía de Zaragoza, municipio vecino, lo había contratado para que ejecutara un esquema similar en dicho lugar. Sin embargo, los niños y jóvenes de Zaragoza solo tuvieron la oportunidad de asistir un día a las clases de taekwondo, pues el día siguiente, por la mañana, Óscar Arnulfo y José Mario fueron asesinados por miembros de pandillas quienes como un carcinoma, merodean la zona en donde ellos residían con sus esposas e hijos.

Ahora las pandillas prometen nuevamente "reanudar la tregua", de acuerdo a un muy particular y cuestionado "proceso de paz", iniciado el 9 de marzo de 2012. En lo personal, me alegra que El Salvador pueda tener un respiro y se logre un descenso de la sangría que a diario someten a este sufrido pueblo los miembros de las maras en su desquiciado actuar criminal; pero de la misma forma las autoridades, especialmente los miembros del Gabinete de Seguridad, deberán ser transparentes en relación a la forma, contenido y condiciones de dicho "proceso de paz", ya que ninguna autoridad legítimamente electa puede comprometer la soberanía y seguridad interna del país, negociando irregularmente con criminales. Si no se ha entendido, se lo aclaramos: el único lugar al que pertenecen asesinos, extorsionistas y criminales es la cárcel.

Señores funcionarios, señores policías: apliquemos la ley a estas estructuras criminales. Hagámoslo por El Salvador, por nuestras familias, por el futuro de nuestros hijos y si, también por José Mario y por su hermano Óscar Arnulfo Romero.