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Otro caprichito del Presidente

Un nuevo capricho presidencial ha sido consumado, gracias al oportunismo populista de muchos de nuestros diputados, a quienes debemos repetirles lo que, en cierta ocasión, les dijo un valioso salvadoreño: "No es lo mismo ser un honorable diputado, que ser un diputado honorable". Porque lo que han hecho, votando a favor del discutible cambio de nombre de nuestro aeropuerto internacional, no tiene ni pizca de honorabilidad; mucho menos, de patriotismo.

¿Por qué oponerse a un hecho consumado? Porque ya antes sufrimos, calladamente y con resignación, los desplantes presidenciales. Tal vez si nuestras voces indignadas se hubieran levantado oportunamente, en número y fuerza suficientes, esta nueva vejación a nuestra nacionalidad podría haberse evitado.

Cuando se hizo un concurso para cambiar de nombre al entonces bulevar Diego de Holguín, aplaudimos la iniciativa con entusiasmo. El pobre Diego no merecía convertirse en sinónimo de grandes chanchullos, como los cometidos en la construcción de esa vía. Además, era un bonito detalle que la nueva nominación fuera escogida por los ciudadanos. Destacadas personalidades y entidades no gubernamentales se sumaron al Ministerio de Obras Públicas, enfrascándose en desarrollar un proceso transparente, realizado con el beneplácito de la población metropolitana. Cuando se dio a conocer el nombre elegido (que es preferible no mencionar, para no ahondar en el oprobio) nadie dudó en aceptarlo. Nadie, a excepción del Presidente Funes, quien de inmediato bramó que el bulevar se llamaría "Monseñor Romero, les guste o no les guste." ¡Un nombre que ni siquiera mínimamente había aparecido en el concurso! Pero, como acostumbra, Funes atropelló a su ministro, a las personas y entidades que habían formado parte del comité organizador y a los ciudadanos que, de buena fe, habían concursado sin más interés que su sentido cívico.

¡Ah, pero no nos quedamos allí!

Estupefactos vemos que embodegaron el cuadro de nuestro Prócer, José Matías Delgado, que se exhibía en el Salón de Honor de Casa Presidencial, colgando en su lugar una gigantesca pintura en la que Monseñor Romero luce una sotana blanca, como si fuera el Papa. Nuestro Prócer, a quien legítimamente le corresponde presidir ese salón de honor, ha sido vergonzosamente desbancado y ninguneado.

Y, como nos quedamos callados, ahora sucedió lo del aeropuerto. Que llevaba el nombre de nuestro país. Y que nuestro país lleva el nombre de nuestro Redentor. Pero, por encima de nuestro país y por encima de nuestro Redentor, está la fijación enfermiza que tiene el Presidente Funes con Monseñor Romero.

Pregunto a los diputados que apoyaron semejante locura: ¿analizaron lo que eso significa? ¿Saben el costo que tiene para un país el cambio de nombre de su aeropuerto? ¿Lo que implica en asuntos tan delicados como los seguros, por ejemplo? ¿Pensaron en que, a nivel mundial, en lugar de estar promocionando a nuestro país, promocionarán a un individuo? ¿Ayuda en algo a la industria del turismo este cambio de nombre? ¿A quién beneficia? Quizá para el Presidente Funes, Monseñor sea lo máximo, pero no lo es para infinidad de salvadoreños, ni lo es para extranjeros que nos visitan.

El daño está hecho. Pero debemos levantar nuestra voz de indignada protesta antes de que al Presidente se le ocurra otra barbaridad. Él puede convertir a Monseñor Romero en su dios personal, pero no tiene ningún derecho a pisotear nuestra nacionalidad supeditándola a una patológica idolatría.

*Columnista de El Diario de Hoy.