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Otra vez el socialismo, esta vez como comedia

Los líderes del socialismo del Siglo XXI  hacen negocios millonarios y manejan camionetas de lujo. Sus mejores ideólogos no escriben libros. Y los fieles de esa extraña parroquia son totalmente incapaces de argumentar

Eran los años Setenta y el socialismo estaba, como por estos días, de moda. Acababa de triunfar la revolución cubana. El Che había abandonado, sin más, sus privilegios como ministro de Estado y se había ido, con un pequeño grupo, a hacer la revolución continental, comenzando en Bolivia. Tal despropósito le costó la vida. Su muerte incrementó el número de fans en todo el mundo. 

Un amigo chileno me contó que por esos tiempos alguien dijo en un autobús que circulaba por las calles de Santiago, que el Che tenía un cierto parecido a Cantinflas. No bien había terminado la frase cuando un desconocido le dio un puñetazo, al blasfemo, que le rompió la nariz. Tal era la devoción que provocaba el Che. 

Fidel Castro era un joven abogado que había dirigido con éxito la guerra de guerrillas. Sus histriónicos discursos, su asombrosa capacidad de acumular datos y cifras, su estatura y su penetrante mirada lo habían convertido en un mito viviente, entre los jóvenes en ambos lados del charco. 

Joaquín Villalobos apenas acababa de cumplir los 25 años cuando asumió la jefatura del clandestino Ejército Revolucionario del Pueblo. Entre los otros comandantes había mujeres bonitas y más jóvenes que él y en los comités militares casi nadie pasaba de los 22 años. 

En las universidades europeas, desde la Sorbona hasta Lovaina, el marxismo era considerado como una ciencia social, mientras intelectuales como Sartre, Louis Althusser y Franz Fanon profetizaban que el socialismo científico era el camino para redimir a la humanidad. 

En Vietnam, Ho Chi Minh y su estado mayor se desplazaban en bicicleta y tenían sueldos de 25 dólares al mes, mientras enfrentaban y derrotaban al poderoso ejército de los Estados Unidos. Las imágenes en afiches de Tamara Bunker, Patty Hearst y Ana Guadalupe Martínez eran más admiradas que las fotos de Mia Farrow y Fay Dunawey. Era el socialismo del Siglo XX, con sus íconos, héroes, mitos y libros, muchos libros. 

Los dirigentes revolucionarios latinoamericanos eran jóvenes que enfrentaban dictaduras militares. La posesión de bienes materiales, incluso un reloj de lujo, se consideraba una grave desviación burguesa. La URSS era una superpotencia y existía un bloque socialista de naciones. Un buen día todo aquello se desplomó como un castillo de naipes. Y tras la caída del Muro de Berlín quedaron al descubierto las violaciones a los derechos humanos, la pobreza y la falta de libertad en aquellos “paraísos” del socialismo del Siglo XX. 

Por un accidente histórico un hombre, sin más formación que el cuartel, se hizo con el poder en un país que nadaba en petróleo, entró en contacto con los desorientados partidos izquierdistas tras la caída del Muro, agrupados en el Foro de Sao Paulo, y nace no como un concepto, sino como una delirante ocurrencia la revolución bolivariana y el “socialismo del Siglo XXI”. Las diferencias entre el del XX y del XXI, son muchas y hasta grotescas. 

Aquel estaba equivocado desde sus supuestos básicos, como lo demostró la historia; éste además de eso es solo una caricatura sin héroes, sin mitos, sin argumentos y sin libros. Chávez no hizo una revolución. Se compró una. Sus sobrevivientes ya se quedaron sin dinero para seguir el “shopping”. Los presidentes de este socialismo son muy parecidos a muchos de los antiguos dictadores solo que más ostentosos. Los gastos personales de Chávez, por ejemplo, según publicaciones, eran, solo en jabón de tocador y champú de 145 mil dólares. 

Los líderes del socialismo del Siglo XXI hacen negocios millonarios y manejan camionetas de lujo. Sus mejores ideólogos no escriben libros. Y los fieles de esa extraña parroquia son totalmente incapaces de argumentar. Ellos solo insultan y denigran. Nada más. A los Castro se les acaba el ciclo vital y no hay generación atrás que los sustituya. La transición en Cuba será inevitable en pocos años. El del XXI, por ser una mala copia de un mal original, está destinado al fracaso más rápido de lo que muchos creen.

*Columnista de El Diario de Hoy.