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La otra exclusión

Un país con instituciones que funcionan para que un grupo pequeño (oligárquico, por definición) pueda extraer riqueza de sus conciudadanos; independientemente de ideologías políticas de izquierda o de derecha; está condenado a fracasar

El discurso crítico contra la oligarquía se ha ido desgastando cada vez más. Desde que se convirtió en arma arrojadiza para descalificar a los contrarios perdió bastante de su fuerza; y todavía más después de que quienes acusaban a sus rivales de oligárquicos, se convirtieron a su vez en una oligarquía alternativa que empezó por controlar el poder político, y terminó haciéndose con el poder económico. 

Uno de los resultados más notables de ese discurso, es que quienes criticaban se han vuelto mucho más excluyentes que aquellos a quienes acusaban, además de que la desigualdad social no solo no ha desaparecido, sino que la brecha entre los pocos que tienen y los muchos que no, se ha ampliado y profundizado. 

Y todo porque quizá pensaron -–otorgándoles el beneficio de la duda--, que para lograr inclusión e igualdad sociales, el único modo de hacerlo era por el procedimiento de desbancar a los ricos y poderosos, y ponerse ellos en las vacantes creadas. 

El resultado, como decíamos, ha sido contraproducente. Sin embargo, el hecho de que hayan fracasado de un modo, no significa que no haya otras maneras de alcanzar una mayor igualdad en las oportunidades para todos los salvadoreños, al mismo tiempo que se corrigen antiguas prácticas de exclusión social.

No se trata de inventar, sino de fijarse en lo que sociedades que provienen de cotas incluso más marcadas de exclusión y desigualdad, han hecho para salir de la barranca. Es lo que remarcan Daron Acemoglu y James A. Robinson, en su libro “Por qué fracasan los países. Los orígenes del poder, la prosperidad y la pobreza”, una obra publicada hace un par de años, y que ha merecido la crítica positiva de al menos seis premios Nobel de Economía.

Un trabajo cuya tesis central es que la clave del desarrollo económico y de la prosperidad en un país son las instituciones políticas con representación plural y voluntad integradora, que apoyan a instituciones económicas con carácter inclusivo. Es decir, que no se trata de arrebatar ni de anular al contrario a la hora de querer sacar adelante una sociedad, sino de todo lo contrario: cuanto más colaborativas son la gente y las instituciones, más posibilidades tiene una nación de vencer la plaga del subdesarrollo, y de mitigar la exclusión social.

Un país con instituciones que funcionan para que un grupo pequeño (oligárquico, por definición) pueda extraer riqueza de sus conciudadanos; independientemente de ideologías políticas de izquierda o de derecha; está condenado a fracasar. En cambio, si las instituciones políticas lideran con el ejemplo al ser inclusivas y fomentan la colaboración ciudadana, también independientemente de las ideologías, los beneficiarios directos de la riqueza producida por el natural ejercicio de la economía, son cada vez más. 

Es verdad que un grupo pequeño de tecnócratas pueden hacer producir y crear riqueza en el corto plazo en una sociedad, pero también es cierto que difícilmente dejarán las cúpulas una vez se hayan instalado cómodamente en ellas, con lo que en el mediano esa riqueza creada termina por ser semilla de más exclusión. 

Lo malo es que tanto los pensamientos radicales de izquierda, autoritario y jerárquico por definición (excluyente), como el de derecha, egoísta y cerrado (excluyente también), carecen de las herramientas y de las actitudes necesarias para comprender que la colaboración y la inclusión son mil veces mejores que el aplastamiento del contrario, a la hora de buscar el beneficio social. 

Lo bueno es que poco a poco las ideologías extremistas se van mostrando ineficaces, y que -–además--, la gente va conociendo mejor a esos lobos con piel de oveja que, a fuerza de demagogia y populismo, se hacen con el poder únicamente para su beneficio personal. 

*Columnista de El Diario de Hoy.
@carlosmayorare