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La orilla del abismo

Esta historia, dirigida por el director húngaro László Nemes, es una isla que aborrece del más mínimo tono poético para acercarse a lo intocable: el inconmensurable horror perpetrado por los nazis.

Todo apunta a que la noche de los Oscar el próximo 28 de febrero la cinta húngara “El hijo de Saúl” se alzará con el galardón a la mejor película extranjera. Para quien aún no la haya visto, puede creer que se trata de un filme más dentro del extenso género que abarca las películas sobre el Holocausto. Pero esta historia dirigida por el director húngaro László Nemes es una isla que aborrece del más mínimo tono poético para acercarse a lo intocable: el inconmensurable horror perpetrado por los nazis.

Nemes debuta en el cine con una película que sorprendió en el festival de Cannes llevándose el Grand Prix y que ha sido merecidamente premiada en los Globos de Oro. Con “El hijo de Saúl” este prometedor cineasta  halla un ángulo inexplorado para revivir un espeluznante episodio mil veces relatado: el  exterminio de seis millones de judíos.
 
Su intención es militante y ortodoxa en tanto que invalida la visión que pasa por el tamiz hollywoodiense con filmes como “La lista de Schindler” y “La decisión de Sophie”. O la propia óptica lírica de “La vida es bella” del italiano Roberto Benigni. A su juicio la monstruosidad del Holocausto, o la Shoah, no admite elementos que lo frivolicen. Nemes sigue los preceptos que en su día estableció Claude Lanzmann con su obra monumental de nueve horas, “Shoah”, testamento elegiaco de un hecho cuya dimensión (por lo que tuvo de minucioso exterminio industrial) nunca alcanzaremos a comprender.
 
Desde el momento en que se apagan las luces de la sala y resplandecen las imágenes en la pantalla, el director nos encierra junto al protagonista en un plano cerrado y en continuo movimiento. Seguimos, porque nosotros tampoco podemos escapar de la asfixia de Auschwitz, a Saúl, un  judío húngaro condenado a ser integrante de los tristemente conocidos Sonderkommandos: unidades de prisioneros que eran obligados a conducir a su propia gente a las cámaras de gas, limpiarlas tras el extermino y quemar los cadáveres después de reunir los objetos de valor de las víctimas que se apilaban y que los nazis llamaban “piezas”, igualándolas a trozos de animales destinados al matadero.

Ningún hombre puede sobrevivir espiritualmente a la acción frenética de una imparable fábrica de destrucción de vidas. Algo así sintió Primo Levi cuando escribió “Si esto es un hombre” tras sobrevivir al horror de Auschwitz. Y Saúl, el protagonista de esta inmensa película que sacude al espectador de principio a fin sin pretender arrancarle una sola lágrima, está hundido en una espiral de delirio sonámbulo. Su única redención momentánea es  su obsesión por darle entierro digno a un niño cuyo cuerpo divisa en medio de la matanza. Saúl está convencido de que se trata de un hijo ilegítimo que una vez tuvo.

En realidad poco importa si el niño muerto es verdaderamente su hijo o sólo el ancla que le proporciona un cometido que lo saca del despeñadero de la aniquilación: la de todos los que lo rodean y la suya propia. Saúl sabe que está condenado y que él y el resto de su sonderkommando tarde o temprano desfilarán desnudos para ser gaseados. Pero aunque lo vemos ir de un lado a otro trasladando cadáveres que solo intuimos porque la estrechez del plano nos impide ver la atrocidad de frente, sabemos que ya está muerto por dentro. Su mirada perdida es la certificación de un alma quebrada que sólo espera el tiro de gracia.

Nunca antes habíamos acompañado a un hombre tan de cerca hasta su inexorable fin. Nemes no nos permite apartarnos de Saúl y su débil hálito se confunde con la insoportable angustia que sentimos desde la butaca. En esta senda claustrofóbica y desesperada (¿acaso alguien se atreve a pensar que fue de otra manera?) una vez más nos topamos al final del callejón sin salida con la misma  incómoda pregunta para la que nunca tendremos respuesta: ¿Cómo pudo ocurrir lo innombrable? El suceso más monstruoso que recuerda la humanidad.

László Nemes sostiene que el horror no se puede recrear, solo sugerirlo. “El hijo de Saúl” nos empuja hasta la mismísima orilla del abismo. [©FIRMAS PRESS]
 


*Periodista.
@ginamontaner