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El oligarca rebelde

He tenido la inmensa suerte de conocer a Jaime Hill Argüello. He conversado con él largas horas y he escuchado atónito sus historias en donde amores torrenciales y pasiones sin límites, alegrías y tragedias, grandes lujos y duras estrecheces, sed de venganza y capacidad de perdón, se entreveran una y otra vez, para formar el mosaico de una vida poco común. En la actualidad trabajamos juntos el fascinante proyecto de contarla, en un libro.

Sentado en su oficina de la colonia Escalón este hombre de tez blanca, mediana estatura y 74 años, cierra sus ojos claros para recordar aquella madrugada tumultuosa y desvelada en la que cayó en la cuenta de que sólo perdonando a quienes más daño le habían hecho en la vida, su agitada alma encontraría por fin la paz que por tantos años había buscado y que tantas veces se le había negado.

La de don Jaime, es la historia de quien todo lo tuvo, y todo lo perdió, y que al perderlo todo, paradoja del destino, todo lo ganó. Es la historia de un hombre que no conoció de medianías o de estados vaporosos. Lo suyo fue siempre denso, sólido, tangible, extremo. Cada episodio vivido, ya sea en alguna elegante oficina de verdadero potentado, o frente a la ruleta de un casino en la Riviera Francesa o encerrado en un cuartucho donde permaneció secuestrado por varios meses o sacando a un joven de las siniestras garras de las drogas alucinantes, encierra una y mil lecciones.

Nacido en el seno de una de las más emblemáticas familias fundacionales del país, cuya estirpe se mezcló con los descendientes de otros inmigrantes que vinieron, sobre todo de Europa y del norte a mediados del Siglo XIX, para dar vida al mito de "Los Catorce". Una élite olorosa a café de estricta altura que ha generado por igual estudios académicos, odios, poesía, debates y guerrillas a lo largo de nuestra historia. La oligarquía.

La misma a la que Roque Dalton le escribió unos versos acompañados de una fotografía en blanco y negro en donde una encopetada dama aparece sentada en las ramas de un árbol; la misma que, tras el boom de los años cincuenta, languideció con la debacle de los precios del café en los mercados internacionales y con la aparición de otros apellidos y actores que ya nada tenían qué ver con los cafetales decimonónicos.

Pero una cosa es leer los textos que entre datos y no pocas elucubraciones fantasiosas nos cuenta la historia nacional, y otra es escuchar de viva voz y en clave anecdótica el surgimiento del mito, que ha decir verdad ni eran catorce ni era mito. Como la tarde aquella cuando los barones del café en medio de la celebración por los altos precios conseguidos en la cosecha de 1948, verdaderamente disparados, fueron aconsejados por el abogado Margarito González Guerrero para que juntos destinaran las fabulosas ganancias a otras inversiones.

"Esa tarde, nació la oligarquía", me dice don Jaime con la naturalidad de quien cuenta cómo brotó un limonero. Pero no es esa su historia, no. Su vida es el permanente desafío a las normas establecidas, su batalla contra las adicciones y su definitiva victoria sobre éstas, sus apasionados encuentros y desencuentros con las mujeres que amó, la bendición de sus cinco hijos, el secuestro que le quitó media vida y buena parte de su patrimonio, sus planes obsesivos por una venganza certera y letal, el perdón final al enemigo, el gesto desconfiado de su propia clase, y una vida consagrada al servicio a los demás.

Jaime Hill Argüello es el oligarca rebelde. El que mil veces se cayó y mil veces se levantó. El desprendido de todo; el que descubrió a golpes de dolor, a veces punzante, que no hay mayor fuente de riqueza y paz espiritual que la sonrisa agradecida que le prodiga una madre por haber liberado a su hijo, para siempre, del demonio de las drogas.

* Columnista de El Diario de Hoy.

marvingaleas@grupo5.com.sv