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Obediencia o convicción

Uno tiene la esperanza de que hayan quedado superadas de una vez por todas las votaciones en equipo, las alzadas de mano a la cuenta de tres, y otras formas de aprobar leyes que en su momento fueron lo “normal” 

A nadie le agrada que los que legislan puedan parecer marionetas movidas por titiriteros poderosos. En principio, y más en esta legislatura para la que tuvimos oportunidad de votar no solo por rostro, sino además de elegir simultáneamente candidatos de varios partidos políticos, cada diputado representaría los intereses de sus electores. 

Dentro del factor común que una tendencia política representa, aglutinando a quienes opinan parecido: los que saben que el individuo es más importante que la sociedad en su conjunto (o de derecha), y aquellos convenidos de que el todo está por encima de las personas (o de izquierda); los electores tenemos derecho a esperar que cada diputado tenga su propia personalidad, su peculiar conjunto de ideas y valores y su manera de pensar; y que, precisamente por todo eso, a la hora de votar una ley o de intervenir en una plenaria, quien ocupa la curul en representación nuestra sepa lo que hace, y por qué toma unas decisiones específicas con respecto a los asuntos en discusión. 

Uno tiene la esperanza de que hayan quedado superadas de una vez por todas las votaciones en equipo, las alzadas de mano a la cuenta de tres, y otras formas de aprobar leyes que en su momento fueron lo “normal”. 

Pero no. Por lo visto, al día de hoy ha habido escasísimas excepciones. Irregularidades que han abierto los ojos a muchas personas, rarezas en la llanura legislativa que han puesto a pensar no solo a los electores, sino también a algunos jefes de partidos políticos. Excepciones que -como sabiamente reza el dicho-, confirman la regla. 

¿Será cada disidencia como una grieta pequeñita por la que empieza a filtrarse el agua que con el tiempo terminará por reventar el dique? No depende de los diputados, ni de los que lideran los partidos, sino de los electores: de usted y de mí. 

Nadie que crea de veras en la libertad, puede extrañarse de que un diputado, o dos, o tres, de derecha se “rebelen” en un momento determinado y voten contra corriente. De la misma manera en que a nadie que esté convencido de que “el partido nunca se equivoca” se le podría pasar por la mente alzar la mano en disidencia de sus compañeros de bancada. 

La ley, en cuanto externa al ser humano, en cuanto ordenación jurídica fruto de acciones libres, tiene función de pedagogo: nos lleva a las puertas de la conciencia, y de allí en adelante, siempre vamos solos. O, dicho con C.S. Lewis: “La moral está hecha para ser superada. Hacemos lo que debemos con la esperanza de que algún día lo realizaremos libre y gozosamente”. Más aún: un acto ético, y por tanto responsable, o es libre, o sencillamente no es. Solo quienes comprenden la inherente unión entre verdad y libertad pueden comprender hasta dónde la conciencia es, realmente, un santuario en el que cada persona determina el mejor curso para su vida. 

Atarse a reglas, obrar en bloque, montarse en rieles, no es lo propio de quien tiene un mandato de sus electores. Todos, en cierta medida esperamos ser representados dignamente, todos confiamos en que aquellos por los que votamos respondan por nuestros intereses. Si no lo hacen, las cosas se desharán del mismo modo como fueron hechas: a fuerza de votos. 

Me podrían decir, y con razón, que estamos a años luz de lo planteado, que el papel lo aguanta todo, y que vida y teoría raramente coinciden; y no podría contradecirlos. Pero… no se hizo Roma en un día. Esperemos que -poco a poco- los políticos vayan comprendiendo mejor que vivimos en otros tiempos. O que nosotros entendamos que necesitamos otros políticos.

*Columnista de El Diario de Hoy.
@carlosmayorare