Lee la versión Epaper
Suscríbase
Lee la versión Epaper

Un nuevo año para un mundo mejor

Sí, ¿por qué no? Los lectores pesimistas podrían con facilidad hacerme una larga enumeración de las cosas que van mal, en nuestro país y en el mundo. Bueno… en el mundo… ¿Le importa a la mayoría de la gente lo que pasa más allá de sus intereses inmediatos? Y éstos, para algunos, se extienden sólo a su país; para otros, sólo a su barrio, o a su familia, y para algunos sólo son importantes su presión arterial, el funcionamiento de su hígado y sus necesidades instintivas.

Una de las cosas que caracterizan al mundo actual es la mentalidad, muy generalizada, de los que no tienen interés por el pasado ni por un futuro que no sea muy inmediato. Vivir en presente, esa es su meta. Y no me refiero a los que, porque su situación de pobreza, no están para grandes elucubraciones ni reflexiones; bastante tienen con ver cada día cómo consiguen lo necesario para ir mal viviendo, casi sobreviviendo. Yo me refiero a ese grupo menos numeroso de los que no les falta nada y les sobra de todo, que si viven al día, es sólo por su egoísmo. A éstos no les importa el pasado ni un futuro lejano, sino solo los placeres y comodidades de cada día. ¿Para qué voy a privarme de ellos --piensan-- si el mundo seguirá igual o peor?

Desde luego es verdad que seguirán, a escala mundial, el narcotráfico, el terrorismo, la empresa de la muerte, el populismo empobrecedor, la corrupción de gobiernos, políticos y juventudes, etc. Eso lo sé pero yo suscribo las palabras de una persona que también lo sabe pero piensa, dice y escribe lo siguiente: «Verdad que muchas veces parece que Dios no existiera: vemos injusticias, maldades, indiferencias y crueldades que no ceden. Pero también es cierto que en medio de la oscuridad siempre comienza a brotar algo nuevo, que tarde o temprano produce un fruto. En un campo arrasado vuelve a aparecer la vida, tozuda e invencible. Habrá muchas cosas negras, pero el bien siempre tiende a volver a brotar y a difundirse. Cada día en el mundo renace la belleza, que resucita transformada a través de las tormentas de la historia».

No hace falta ser católico para suscribir esas palabras del Papa Francisco. Los que por deber profesional auscultamos lo que pasa en el mundo a través de la navegación por Internet, los blogs, páginas y redes sociales, podemos decir que esas palabras de Francisco son una gran verdad y una firme esperanza para muchos. Hay un diálogo, entendimiento creciente y global, especialmente a nivel religioso, aunque parezca invisible para muchos, porque el fanatismo religioso y antirreligioso sigue dejando el largo y rojo reguero de sus crímenes.

Estamos presenciando cómo se derrumba poco a poco la cultura de la muerte, pudriéndose en sus propias mentiras y violencias; pero cuando una cultura desaparece, otra la sustituye.

Y la que va a sustituirla está constituida por todos los que aman la vida humana, la fomentan en su ambiente matrimonial y familiar y la defienden contra todos sus agresores. Está formada por todos los que, cualquiera que sea su raza, idioma o país, aman la verdad, la bondad y la belleza. Esa es su fuerza, pacífica pero demoledora. Trabajan con paciencia en la construcción de un entendimiento entre distintos pueblos, costumbres y creencias.

En medio de la plaga mundial de ateísmo, materialismo y embrutecimiento de extensas masas humanas, se abre paso la necesidad de lo espiritual sin lo cual toda vida humana se asfixia, suicidando su alma lentamente.

Por eso, en todos los puntos de la tierra, surge el interés por el Evangelio porque --como señala el Papa Francisco-- «el Evangelio responde a las necesidades más profundas de las personas, porque todos hemos sido creados para lo que el Evangelio nos propone: la amistad con Jesús y el amor fraterno». Mientras se hunde la cultura de la muerte, va surgiendo poco a poco la cultura del amor.

*Dr. en Medicina.

Columnista de El Diario de Hoy.

luchofcuervo@gmail.com