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Nuestro principal pecado: la indiferencia

Sólo iniciar el año, el 3 de enero, fue asesinado un joven de 17 años. Sus victimarios primero lo balearon en la colonia Escalón, se lo llevaron mal herido, lo despojaron de sus pertenencias y luego lo abandonaron, moribundo y desangrándose, en el redondel Integración, en la salida norte de la ciudad.

Ese mismo día, otro joven de 17 años fue asesinado a balazos en la Nueva Concepción.

El caso es que nadie salió a pedir justicia ni nadie prometió aplicarla.

Quedaron solas las familias, una de las cuales perdió a su único hijo.

Ciertamente, el pecado de las autoridades es que no han logrado frenar la ola de criminalidad, pero el nuestro es convertirnos en seres indiferentes ante la sangre de tanto ser hermano que cae día a día.

Como país no se vale sentirnos satisfechos de que las muertes violentas se hayan reducido de 15 a 10 por día, que al año suman siempre un poco más de 3,600 salvadoreños cuyas vidas fueron segadas y sus familias laceradas. No debería de haberse producido una sola de esas muertes.

Sólo en lo que va de enero se registran más de un centenar de asesinatos que no deberían de haberse perpetrado.

No se vale quedarnos con el proyecto de la tregua para calmar nuestras conciencias, por muy buenas intenciones que hayan tenido sus impulsores.

Como lo han hecho ver tanto la Fiscalía como Medicina Legal, el fracaso de la tregua se comprueba con el hecho de que las maras no dejaron de asesinar como se nos hizo creer, sino que siguieron matando calladitos y enterrando a sus víctimas para bajar artificialmente las estadísticas de homicidios.

Nadie ha sido capaz de frenar siquiera a las bandas de ladrones de tapaderas de alcantarillas ni los abusos de los buseros y microbuseros que también matan o lesionan con la mayor impunidad.

Por temor o comodidad, lo cierto es que estamos pecando por no denunciar estos hechos y exigir efectividad en el combate de la criminalidad.

Hemos caído en la trampa de que se nos obnubile el pensamiento y que nos resulte tan natural un crimen o que nos desvíen la atención con facilidad, cuando esa ola de asesinatos puede golpearnos en cualquier momento a nosotros o a nuestras familias. Nadie está exento en esta tierra de correr la misma suerte, ni los ricos ni los pobres, ni los católicos ni los evangélicos, de los de derecho ni los de izquierda, ni los blancos o los de color, hombres, mujeres, niños, ancianos.

Se nos ha olvidado que ese es el principal problema de los salvadoreños, la violencia, acompañada de las carencias y la falta de empleo y que el luto tanto de la familia del joven de la colonia Escalón como el de la Nueva Concepción es también mi luto y el de cada uno de los salvadoreños.

Las sociedades que progresan son las sociedad solidarias, que se conduelen de las penas de sus familias y que tienen el criterio y los tamaños, como dicen los mexicanos, de reclamarle a un gobierno, no las que se vuelven asidero de la cultura de la "changoneta", hacer chiste todo.

Perder un hijo es cruel. Pongámonos en los zapatos de la gente que sufre estas tragedias y exijamos que se frenen.

Que no nos compren con el plato de lentejas de falsas promesas populistas que de nada nos servirán a nosotros o a nuestros hijos en escuelas o aulas abandonadas o, lo peor, tres metros bajo tierra.