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Nos sobra paciencia, nos falta exigencia

El profesor Salvador Sánchez Cerén ha cumplido su primer año de gestión sin que hasta la fecha los ciudadanos sepamos muy bien a qué atenernos. Los mensajes políticos son confusos, las medidas gubernamentales insuficientes y los problemas del país acuciantes. La inseguridad campea a sus anchas mientras la población se truena los dedos, apenas sobrellevando las 24 horas de cada jornada. La economía muestra signos de inmovilidad en momentos de particular tensión entre el oficialismo y los sectores productivos, como si la receta de la confrontación hubiera reportado algún beneficio en el pasado reciente.

¿Hacia dónde marcha el país? La pregunta no debería ser ésta a 365 días de haberse estrenado el segundo gobierno del FMLN. Ya nadie tendría que estarse interrogando sobre el rumbo de la nación habiendo un porcentaje tan alto de miembros del actual gabinete que ostentaba cargos en la administración anterior, comenzando por el mismísimo señor presidente. Si la duda persiste, alargada por seis años de incertidumbre, discursos de doble fondo y un extraño juego de equilibrios, lo que tal vez debamos preguntarnos es a quién corresponde ofrecernos las certezas que necesitamos.

Salvador Sánchez Cerén es hombre de carácter menos volcánico que, por ejemplo, su inmediato antecesor. Y eso es bueno. De hecho, se agradece. La permanente crispación que envolvía a la sociedad salvadoreña durante el quinquenio 2009-2014 ha dado paso a una cierta calma ansiosa, expectante. Ya no tenemos un mandatario que despotrica compulsivamente y abusa de sus poderes para acallar críticos. Sacar la "caja de lustre" ha sido la excepción y no la regla en la agenda pública cotidiana del actual gobernante. Y eso, repito, merece nuestro reconocimiento.

Pero evitar las disputas y la ordinariez resulta insuficiente en un país con tantos aprietos como el nuestro. Lo que nos urge es un liderazgo político efectivo, aglutinante, abierto a la búsqueda de consensos, ecuánime ante los juicios adversos y con capacidad para administrar las inevitables presiones partidarias. Lo que hemos tenido, en cambio, ha sido poco más de lo que ya teníamos: imposición de aritméticas legislativas, amenazas al equilibrio de poderes, amagos de control a la libre expresión, poca o ninguna voluntad de transparencia, hostigamiento cobarde hacia los ciudadanos críticos y hasta algunos manifiestos niveles de incompetencia ministerial en áreas de absoluta relevancia nacional, como seguridad pública, servicios de salud y política económica.

Si gobernar fuera tarea sencilla, los libros darían cuenta de innumerables líderes maravillosos. Pero no es así. Los gobernantes probos, razonables y equitativos han sido las luminosas excepciones en un océano de inmoralidades, perversiones y mediocridades. Quienes se destacaron lo hicieron porque se atrevieron a diseñar proyectos de nación y los colocaron por encima de coyunturas, urgencias y luchas de facciones.

¿Dónde están esos grandes proyectos de nación en el caso de El Salvador? ¿Debajo de cuántas "prioridades" circunstanciales ha quedado sepultado el sentido común que señala el diálogo y la colaboración mutua como requisitos indispensables para resolver problemas de gran calado, esos que hoy angustian a la familia salvadoreña?

"¡Ay de los pueblos gobernados por un poder que ha de pensar en la conservación propia!", consignó Jaime Luciano Balmes en uno de sus célebres ensayos políticos. Y es que esa obsesión por conservar el poder, con sus perniciosos efectos en casi cada esfera de la vida nacional, sí que la hemos visto echar raíces en estos últimos años.

Paradójicamente, la complejidad del gobierno es desafío que no encara con propiedad la mera ambición política. Por eso abundan los funcionarios y escasean los servidores públicos; por eso rebosa la historia de simples gobernantes y cuesta hallar verdaderos estadistas. Sin embargo, en estos duros momentos, abrumados como estamos por la delincuencia y las malas decisiones económicas, debe aumentar nuestro clamor por liderazgos honestos y efectivos. Pasividad e indiferencia son lujos repugnantes en esta hora difícil de la Patria. Tengamos paciencia, sí, ¡pero que aumente también nuestra exigencia!

*Escritor y columnista de El Diario de Hoy.