Lee la versión Epaper
Suscríbase
Lee la versión Epaper

Nos están robando las raíces

Los cerebros con el potencial de generar cambio social seguirán haciéndolo, pero en otras sociedades. El potencial de muchísimos talentos no se perderá: sólo enriquecerá el desarrollo de otros destinos que sí han sabido generar los incentivos par

¿A dónde se pone la denuncia cuando lo que le roban a uno no es material? La más reciente crisis de inseguridad subió varios decibeles el volumen del miedo en la ciudadanía y nos demostró que hay poco optimismo de que las cosas cambien para bien. Y a pesar de que por el momento, mi carrera me tiene lejos y eso me hizo vivir la crisis del paro de transporte a través del filtro de los medios y de lo leído en redes sociales, el miedo me alcanzó hasta aquí.

Y no era el mismo miedo de quienes no saben si llegarán ilesos a su casa. Ese, por mucha empatía que exista, solo se siente si se vive en carne propia. Mi miedo lo causaron los comentarios de mis pares –-gente de mi generación -– diciendo “nunca volvás” o “yo ya ando buscando cómo irme” y la impotencia. Mi miedo es que, entre todo lo que nos han robado (bienes materiales y vidas), nos han robado las ganas de echar raíces. Con ellas, nos están robando también la capacidad de soñar con un mejor futuro para el país. Para muchos, el desarrollo personal y la búsqueda de la felicidad (el romantizado “pursuit of happiness” tan humano y a la vez tan primitivamente animal, que los estadounidenses han elevado al grado de derecho constitucional y tienen plasmado hasta en su declaración de independencia) se están volviendo inconcebible dentro de nuestras fronteras. 

E insértese aquí el necesario párrafo que reconoce que lo anterior no tiene nada de nuevo, porque las estadísticas migratorias han hecho que el del salvadoreño migrante sea uno de los arquetipos identitarios más conocidos alrededor del mundo. Agréguese al párrafo el reconocimiento de la obviedad de que escapar de la violencia y la búsqueda de oportunidades económicas o profesionales vienen desplazando a los salvadoreños desde antes del conflicto armado. Reconózcase que la actual zozobra y desesperanza que obliga, como dijera Alfredo Espino, “a buscar la dicha en suelos extranjeros” no tiene nada de novedosa. Inclúyase aquí la noción de que si bien el miedo es bueno para cortar las raíces, también lo es para fortalecer alas y que muchos han encontrado fuera el éxito y reconocimiento que buscaron sin encontrar adentro.

Sin embargo, el hecho de que el éxodo masivo de potencial, cerebros y sueños con un mejor país no tenga nada de nuevo, no por eso vale la pena dejar de discutirlo. La crisis de incentivos es grave, puesto que mientras inmigrar -– con las dramáticas dificultades que asimilar una cultura nueva conlleva-- sea más fácil que quedarse a enfrentar la realidad nacional, no existirán incentivos para arreglarla. Los cerebros con el potencial de generar cambio social seguirán haciéndolo, pero en otras sociedades. El potencial de muchísimos talentos no se perderá: sólo enriquecerá el desarrollo de otros destinos que sí han sabido generar los incentivos para que alguien, quien sea, quiera echar raíces. 

La falta de incentivos para volver es un problema de políticas públicas en el sentido de que depende de que se resuelva la inseguridad, la falta de oportunidades educativas, el clima de negocios, y el estado de derecho, por mencionar algunos. El reto no es cortar las alas, sino fortalecer las raíces: para que incluso los que echamos vuelo, tengamos en el horizonte la eventual vuelta a casa.
 

*Lic. en Derecho de ESEN,con maestría en Políticas Públicas de Georgetown University.
Columnista de El Diario de Hoy.
@crislopezg