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Nos encantan las trabazones

Cada mañana miles, decenas de miles, de conductores abordan un vehículo y se sumergen en el río de tráfico en el gran San Salvador. Algunos utilizan las redes sociales para ubicarse, otros los medios de comunicación más tradicionales como la radio o la televisión sintonizada en el receptor radial del carro, o en el teléfono celular. Los más utilizan su paciencia.

No es fácil circular, y cada día se vuelve más complicado entrar a la gran ciudad desde cualquier rumbo: la Troncal y la Gloria, la carretera al aeropuerto, el Bulevar del Ejército, Los Chorros: norte, sur, oriente y poniente, colapsados desde muy temprano. No se trata sólo de las obras en las carreteras (sólo dos de las muchas entradas a San Salvador las padecen actualmente), ni de la mala educación vial de los conductores. Más factores complican hasta lo indecible las entradas y salidas de la capital, y la circulación vehicular dentro de sus calles y avenidas.

Se echan en falta trenes, metros, un sistema de transporte colectivo que verdaderamente funcione. Todos los proyectos anteriores se los llevó al fracaso el maldito interés politiquero. Y el que ahora tenemos en proyecto, no pudo ni siquiera comenzar hasta que quienes tienen la sartén por el mango se decidieron a echarlo a andar. Y menos mal porque --todo hay que decirlo--, más vale tarde que nunca.

Hemos padecido muchos años de obras-parches viales que deben ser demolidos periódicamente cuando su capacidad es ampliamente superada, para construir otros remiendos de efímera duración. Muestra inequívoca de que la improvisación nos tiene maniatados, de que los presupuestos se proyectan sólo en plazos muy, muy cortos, y de que los ciudadanos somos conformistas a la hora de evaluar el desempeño de nuestros administradores públicos.

Nos hemos convertido en víctimas mudas de ese desgraciado modo de proceder, por el que cada funcionario que toma posesión de su cargo desecha sin más lo que hicieron los anteriores, y comienza su trabajo desde cero, sin pararse a considerar que sus predecesores, ni fueron idiotas ni hicieron todo sólo por intereses políticos. Lástima, pues estoy convencido de que si se revisaran los archivos muertos de los ministerios (no sólo el de Obras Públicas), nos encontraríamos con proyectos, estudios, planes, desechados sin razón, y que sin duda contienen elementos muy aprovechables.

Sufrimos también por el pésimo mantenimiento de los vehículos, que provoca que regularmente buses, camiones y carros varados empeoren considerablemente las cosas. Nadie se atreve a coger por los cuernos el toro del seguro obligatorio. El abortado FONAT tampoco era solución para obligar a los dueños de vehículos para que invirtieran en su mantenimiento, ni para retirar de circulación las amenazas rodantes con las que uno se topa diariamente en las calles y carreteras (y no me refiero exclusivamente a los autobuses, aunque también).

Los que planifican el mantenimiento periódico de las calles, los estrategas policíacos que colocan los retenes escogiendo cuidadosamente el mejor sitio y la mejor hora para complicar los atascos, los camiones y furgones que de manera absurda no tienen horario para circular por la ciudad, etc. Ponen también de su parte para complicar las cosas del tráfico.

A todo lo anterior, hay que sumar una forma de ser que termina por complicarlo todo: cuando hay un accidente, amén del obstáculo natural de los vehículos chocados, se traba la circulación todavía más porque los curiosos disminuyen la velocidad para ver detenidamente lo que ha pasado… En el fondo, parece que nos encanta gastar combustible, invertir tiempo y hacer sufrir los vehículos. Nos encantan las trabazones. Si no, definitivamente ya habríamos hecho algo para cambiar las cosas.

*Columnista de El Diario de Hoy.

carlos@mayora.org