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No nos acostumbremos

Ante una crisis se abren dos caminos: o uno se habitúa, o cambia. Visto lo visto, todavía me pregunto cómo fue posible que tardáramos treinta y ocho días en conocer los resultados oficiales de las recién pasadas elecciones. Me intriga por qué seguimos aguantando tanta inoperancia por parte de las instituciones.

Ineficacia que no es exclusiva del gobierno (ya nadie dice nada del Sitramss, de El Chaparral, del aeropuerto Mons. Romero, del puerto de La Unión, del TSE… sonados fracasos cada uno de ellos), sino también, en general, de todas aquellas corporaciones que prestan pésimos servicios (todos podríamos contar malas experiencias con proveedores de telefonía o servicios básicos, por ejemplo), o que incluso nos hacen un daño real. Sin ir más lejos, un día de estos una persona se excusó de asistir a una reunión pues había ido a un conocido restaurante de mariscos y la comida le había provocado una severa infección intestinal. Días más tarde le pregunté qué había pensado hacer: reclamar en el restaurante, denunciarlo, pedir que le reembolsaran los gastos médicos… Ante la pregunta, me miró con unos ojos que decían algo así como ¿y de qué serviría? Por lo que el tema se diluyó en un incómodo silencio.

Sin muchas vueltas: lo que ha pasado en el conteo de los resultados de las elecciones es un tremendo retroceso en el camino de la democracia en este país. Más allá de la concatenación de errores administrativos y operativos, lo más preocupante es que haya abierto brecha, que haya inaugurado un modo de hacer, y que a fin de cuentas nos podamos acostumbrar.

La buena noticia es que si bien el Tribunal fracasó sonoramente, los partidos políticos salieron al paso de las circunstancias. De hecho, ante el caos, los voceros fueron los secretarios de los partidos y los mismos candidatos a alcalde. Los guardianes del proceso fueron los delegados partidarios, que no solo vigilaron las veinticuatro horas, sino también abrieron las puertas --en algunos casos literalmente-- de la información a los medios de comunicación.

Que haya actuado la Corte Suprema es más preocupante que esperanzador, pues esa instancia solo interviene cuando hay conculcación de derechos constitucionales, y todo parece indicar que las hubo.

Sin la actuación de los ciudadanos, sin la cobertura de los medios de comunicación, y sin el uso intenso y extenso de las redes sociales, otro gallo nos habría cantado. Solo por la presencia activa de esos actores se puede explicar la infinita paciencia que tuvo la gente para esperar los resultados, aunque, en bastantes casos se haya tratado más de indiferencia que de paciencia, lo que vuelve más preocupante el asunto.

Si fallan las instituciones, los ciudadanos deben hacerse protagonistas, y eso, precisamente, es lo que sucedió. Ahora viene la segunda parte: hay que evitar por todos los medios acostumbrarse. Conocidos los resultados, y con tres años por delante para preparar los próximos comicios, el papel de los medios de comunicación, de los ciudadanos, y de los partidos políticos es fundamental para que nada de esto se repita.

Si bien ya se terminó el escrutinio, pensar que se ha recuperado la confianza de la gente en un sistema caótico e ineficaz sería una dañina ilusión. Es verdad que los partidos políticos respetan y respaldan los resultados, pero eso no debe ser sinónimo de aprobar un modo de hacer que puede terminar como una bomba de tiempo.

La pelota queda en la cancha de la Asamblea Legislativa que tomará posesión. En el campo del periodismo de investigación, y en manos de tantos ciudadanos usuarios de las redes sociales que, en su momento, se convirtieron en vigilantes del proceso, denunciando, aprobando, transmitiendo información. Solo así lograremos solventar, y no solo posponer, la crisis.

*Columnista de El Diario de Hoy.

@carlosmayorare