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Netflix, narcos y políticas públicas

El narcotráfico es de los pocos casos en materia de políticas públicas en que, a pesar de la evidencia empírica de que la solución no está dando resultado, se piensa que es válido reaplicar la misma solución, solo que con más dinero

A menos que haya vivido bajo una piedra por los últimos tres o cuatro años o una promesa de estoicismo tibetano le haya prohibido el consumo de productos televisivos, cualquier persona medianamente social se habrá dado cuenta de la creciente popularidad de programas como “El señor de los cielos”, “El cártel de los sapos” o, basada en la novela de Pérez Reverte que lleva el mismo nombre, “La reina del sur”.

Reconociendo que este (bastante específico) tipo de producción es una receta para el éxito monetario, Hollywood decidió no quedarse atrás y ha empezado a reinventar el género con producciones originales en inglés, que van desde series como “Narcos” hasta películas como “Sicario”.

Tener a El Salvador en la partida de nacimiento y escribir Estados Unidos en la casilla de domicilio actual en formularios legales a veces conlleva obligaciones no buscadas o deseadas, como la de “traductora cultural”. Es decir, tener que enfrentar preguntas que van desde la crasa demostración de ignorancia geográfica e histórica como “¿Y conociste a Pablo Escobar?”, al interés genuino como “¿Qué tanto parecido con la realidad tienen las series?” Las preguntas de la primera categoría se responden con una simple referencia a Wikipedia. Para las de la segunda, soy inútil porque jamás he visto una de estas series. Por varias razones: porque me parece absurda la glamorización hollywoodesca de un estilo de vida basado en una política pública fallida como es la guerra contra las drogas, y segundo, porque en el caso de que las series auténticamente describan el panorama de nuestra región, para alguien latinoamericano son como ver un show de realidad o un documental, algo que personalmente no busco cuando quiero ver ficción de la que entretiene.

Sin embargo, aunque el arquetipo del antihéroe no es nada nuevo en la televisión, el arquetipo del narco millonario y exitoso se está multiplicando a tal grado que cada nueva serie parece plagio de la anterior. Lo malo es que en realidad, también se están multiplicando. Son muchísimos los que han saltado del arquetipo a la realidad, pasando del anonimato a la leyenda en Latino América: el Chapo Guzmán siendo el ejemplo más actual (prueba fehaciente es que el disfraz de Halloween del Chapo fugitivo es de los más vendidos por el momento en Amazon).

Pero no todos se ven igual. Algunos, se refugian detrás de empresas-fachada o muchísimo peor, se sientan en las curules legislativas o en despachos ministeriales de muchos países latinoamericanos. Donan a instituciones caritativas y son miembros activos de sus comunidades, pero con tal de mantener la bonanza que les permite multiplicar sus patrimonios y vivir como Teresa Mendoza (nótese que investigué), escriben y pasan leyes, infiltran ministerios públicos, compran voluntades policíacas, financian campañas políticas, aprueban matanzas y negocian alianzas con pandillas. Todo con los guantes blancos y escondidos detrás de un buen nombre, una familia tradicional o de un fuero.

Y lo anterior no tiene nada de glamoroso y es la parte que en la televisión podrá servir exitosísimamente como elemento dramático, pero que en la realidad cobra víctimas de carne y hueso. Es la destrucción paulatina de nuestra institucionalidad democrática, la debilitación de nuestro tejido social, la perpetuación de desigualdades económicas y explotación de los más vulnerables, y lo peor, el fortalecimiento de una cultura en la que el uso de la violencia y las amenazas son la moneda de cambio, en lugar del juego limpio y la cooperación voluntaria entre miembros de la sociedad. 

Y no hay solución simple, mientras la pantomima fracasada de la guerra contra las drogas siga siendo la única opción aceptable. El narcotráfico es de los pocos casos en materia de políticas públicas en que, a pesar de la evidencia empírica de que la solución no está dando resultado, se piensa que es válido reaplicar la misma solución, solo que con más dinero. Y el debate sobre la legalización de las drogas acompañado de políticas orientadas hacia la educación y rehabilitación es uno incómodo, sobre todo para quienes ven el tema como uno moral y no uno económico, pero es uno que hay que tener. Siempre y cuando no estén demasiado ocupados viendo “Narcos” en Netflix.

*Lic. en Derecho de ESEN con maestría en
Políticas Públicas de Georgetown University. Columnista de El Diario de Hoy.
@crislopezg