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Nerviosismo oficial

Al FMLN le incomoda, es obvio, lo que está ocurriendo en el vecindario. Guatemaltecos y hondureños han salido a las calles para hacerse oír en medio de escándalos de corrupción, abierta impunidad y negligencia institucional.

Hablar de “conspiraciones desestabilizadoras” y “golpes de Estado” le ha acarreado al oficialismo una avalancha de mofas y comentarios irónicos en las últimas dos semanas. Burlas bien ganadas, por cierto, pues con excepción de aquellos que se enorgullecen de cada sandez pronunciada por los voceros del FMLN, a nadie le parece serio imaginar siquiera la posibilidad de victimizar al actual partido de gobierno, que bastantes “méritos” hace por sí solo para evidenciar su incompetencia.

Y es que pocas cosas desestabilizan más a un país, en la práctica, que la inseguridad creciente y el estancamiento económico. Pero denunciar estos males y demandar soluciones que se nos ofrecieron hace un año no es desestabilizar, sino ejercer ciudadanía.

Lo que más preocupa de las fantasiosas teorías conspirativas del Frente no es tanto que las digan como que hayan creído necesario decirlas. Venir a estas alturas con semejantes discursos es síntoma de debilidad antes que una muestra de suspicacia política. El oficialismo otorga así a sus adversarios un poder de convocatoria que en realidad están lejos de tener, y concede al resto de la sociedad motivos suficientes para seguir acumulando frustraciones.

Los salvadoreños hemos de preguntarnos por qué el partido de gobierno ha considerado imperioso recurrir a estas burdas estrategias. ¿Qué podría haber detrás de tanta ansiedad? ¿Es solo el afán de desviar la atención de la opinión pública hacia problemas inexistentes para evitar dar la cara por los problemas reales, esos que sí mantienen en vilo a la sociedad? ¿O estaremos delante de la primera sonora advertencia oficial para amedrentar a los críticos y desalentar posibles iniciativas ciudadanas?

Al FMLN le incomoda, es obvio, lo que está ocurriendo en el vecindario. Guatemaltecos y hondureños han salido a las calles para hacerse oír en medio de escándalos de corrupción, abierta impunidad y negligencia institucional. Las cabezas visibles de estas manifestaciones varían con cada convocatoria; la espontaneidad es la única característica permanente. A esta clase de movilización, desprovista de líderes políticos, le tienen pavor los gobiernos en cualquier lugar del mundo. Y es lógico que así sea: un pueblo sin miedo es una fuerza temible. No hay dinero que lo compre ni populismo que lo contenga. Las excusas desde el poder solo consiguen atizarlo, como la gasolina inflama la hoguera. Una vez desbordado, lo único que logra apaciguarlo es el cumplimiento de sus exigencias.

¿Cree el partido oficial que nuestra sociedad está llegando a estos niveles de insatisfacción? Porque si de lo que se trata es de adelantarse a esa posibilidad, acusar a la oposición política de estar detrás de cualquier expresión de inconformidad tiene sentido. De este modo se levanta la sospecha de que toda crítica tiene vínculos con ARENA y se la desacredita desde su raíz.

El problema con esta estrategia es que funciona solo por un tiempo. Sostenerla a mediano plazo significaría pasar del dicho al hecho, es decir, de las acusaciones a las pruebas, y como esas pruebas no van a aparecer, el oficialismo vería tempranamente inutilizada una herramienta retórica que sirve en momentos cruciales. Al FMLN entonces le estaría quedando únicamente la opción de la persecución directa de los opositores y los críticos, con efectos absolutamente contraproducentes para sus intereses.

El nerviosismo del gobierno ha quedado, a mi juicio, bastante expuesto con las irresponsables afirmaciones que han hecho sus voceros. Era inadecuado echar esa leña seca sobre el fuego social que está quemándonos en estos días. Las “coincidencias” que Medardo González quiere que veamos entre la oposición política y el paro al transporte ordenado por las maras esta semana es una penosa manifestación de febrilidad. Lo que hubiéramos querido ver es a un gabinete de seguridad siendo efectivo y a un presidente de la República ejerciendo el liderazgo. Tras 24 horas de asesinatos de transportistas, buses inmovilizados, atentados dinamiteros y efectos económicos adversos, las teorías conspirativas se derrumban.
 

*Escritor y columnista de El Diario de Hoy.