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Necesitamos lo mejor de El Salvador para salir del abismo

El Salvador necesita lo mejor de lo mejor en esos puestos, personas que no estén al frente de instituciones como el resultado de negociaciones políticas o para cuidar intereses partidarios

Durante mi adolescencia, conocí a un tipo que constantemente se jactaba de peleas en las que había resultado vencedor. Para proteger su identidad, le llamaré Juan. Contar sus hazañas como peleador callejero era su pasatiempo favorito. Siempre, en esos relatos, era el héroe de la película, no le temía a nada ni a nadie, y sus contrincantes, sin excepción, terminaban avergonzados por las devastadoras derrotas a las que los sometía. Sus historias eran tan entretenidas que podría haber sido un excelente guionista de Hollywood. Tenía una excelente habilidad para contarlas y hacer que su público se compenetrara en ellas. Muchos, después de escucharlo, quedaban convencidos de esa imagen con la que se proyectaba. 

Juan era, en ese entonces, una persona molesta, sin filtro entre lo que pensaba y decía. Tampoco modulaba adecuadamente el volumen de su voz, que parecía andar todo el tiempo al tope. Siempre hacía bromas pesadas y molestaba, en especial a quienes eran más pequeños o delgados que él. Sin embargo, la estampa de bravucón que cultivaba cuidadosamente se desvanecía al verlo siempre que se involucraba en un altercado real. El telón se caía y develaba a un hombre totalmente diferente al que trataba de esbozar con sus relatos y comportamientos. 

Recuerdo que, en una fiesta, propias de esa edad y época, presencié este bochornoso proceso en el que Juan, el farsante, quedó al descubierto. En esa ocasión, no recuerdo que le temblaba más a Juan, si la voz o las piernas. En su acostumbrada matonería contra los que calculaba no representaban una amenaza física, se encontró contra un verdadero león. Callado y sin mucho cuento, Roberto, su víctima de turno, se defendió ante las agresiones verbales y bruscos contactos físicos de Juan. Después de derribarlo de un par de golpes bien asestados, Roberto se mantuvo en posición de combate esperando el contraataque de su contrincante. Sin sudar una gota, esperó que se levantara del suelo donde cayó. La música paró. Todos esperaban que ese fuera el inicio de una pelea épica, pero se sorprendieron cuando Juan, con miedo que no pudo esconder, tembloroso y tartamudo, pidió disculpas a su oponente e intentó darle la mano, pero salió corriendo como perro asustado cuando Roberto le dijo: “¡mejor ándate ya, matón cobarde!”.

La impresión que me causó Juan en esa trivial historia juvenil, es la misma que tengo al ver la forma en que los funcionarios del aparato de seguridad estatal han manejado la actual crisis delictual. Mientras El Salvador ha visto días con aproximadamente cincuenta homicidios y se prepara para cerrar el mes de agosto con casi mil, hay funcionarios que salen quejándose que delincuentes planifican atentados contra ellos, otros hacen malabares en sus declaraciones para no dar explicaciones, también no han faltado quienes traten de echarle la culpa a quien se deje y así podemos seguir mencionando reacciones absurdas, bochornosas y desalentadoras. 

Hacen falta en esos puestos críticos ciudadanos valientes y preparados, que no anden llorando porque un par de escuálidos delincuentes los amenacen. El Salvador necesita lo mejor de lo mejor en esos puestos, personas que no estén al frente de instituciones como el resultado de negociaciones políticas o para cuidar intereses partidarios. Personas cuya sola presencia propicie respeto y que no tengan necesidad de venderse como valientes o superhéroes, sino que su trabajo, desarrollado sin pompa alguna, se encargue de anotarlos así en los libros de historia y las mentes de los salvadoreños.

El Salvador, en sus momentos más oscuros, ha tenido funcionarios de ese calibre. Los ciudadanos, ahora, debemos de exigirlos y presionar al oficialismo para que sea lo suficientemente humilde como para nombrarlos, dejando a un lado sus intereses partidarios. 

*Criminólogo@cponce_sv