Lee la versión Epaper
Suscríbase
Lee la versión Epaper

Necesarias utopías

En estos días, por obvios motivos, se ha hablado mucho de los pobres. De hecho, una persona me decía que no entendía esa "obsesión" por el "tema", cuando el mismo Jesucristo dejó dicho que a los pobres "siempre los tendríamos entre nosotros". Pensaba —me de- cía— que es importante plantearse la promoción humana, pero de eso a creer que llegará un momento en que no haya pobreza, resta mucho trecho.

En realidad no estoy del todo de acuerdo con esa persona. Sí que coincidimos en pensar que un mundo sin pobres ni ricos es, en definitiva, una utopía. El mismo beato Romero sabía que la pobreza es connatural con la condición humana, pues por definición somos seres necesitados. Por eso es lógico que él no pretendiera un "mundo feliz", sino un mundo justo (que es bastante diferente). Y no por motivos políticos, económicos, o sociológicos, sino por razones evangélicas, como quedó patente el sábado pasado.

Sin embargo, lo anterior no hace sino desplazar la pregunta: ¿no será que un mundo en el que reine la justicia y la paz, es más utópico (si se me permite) que un mundo sin pobres?

En realidad, sin utopías no podemos vivir, nos empujan hacia adelante, nos hacen movernos. Una persona que no tiene proyectos es una triste persona. Más aún, las utopías forman parte de una manera de relacionarse con el tiempo. Los grandes hombres, no sólo se dedican a cambiar las condiciones del tiempo que les toca vivir, sino que lo hacen por su gran clarividencia para ver el futuro. No hay héroe, santo, prócer sin un gran ideal, sin su propia utopía.

Memoria, capacidad de comprender el presente y posibilidad de concebir y perseguir utopías son tres características esenciales. Por contraste, podría decirse, que nuestra sociedad exhibe una tremenda carencia de capacidad histórica, muestra un inmediatismo que termina por hacernos incapaces de leer correctamente el presente y, en relación al futuro, parece que el horizonte material, económico, copa nuestra capacidad de plantearnos metas, utópicas o no.

Sin embargo, en cierta manera, tanto la capacidad de interpretar el presente como de ponerse metas en el futuro, dependen de la capacidad que tengamos de tener memoria. Cuando una nación pierde su memoria, se desconecta de sus tradiciones y olvida su historia, no sólo pierde la capacidad de entender el presente que le toca vivir, sino que es incapaz de concebir proyectos de futuro. No se trata de vivir en el pasado, ni de irresponsablemente pensar que otros serán los que construirán el futuro. Se trata de tener una memoria que nos procure identidad, y a partir de ella construir la nación.

Si cortamos nuestras raíces, si nos "desmemorizamos", nos pasa lo que a cualquier planta: nos morimos. Si vivimos sólo en el presente tendremos pan para hoy, y hambre para mañana. Si perdemos la capacidad de plantearnos utopías, como la de la erradicación de la pobreza, o la creación de un mundo justo, no sólo nunca lo alcanzaremos, sino que la injusticia y la violencia seguirán enseñoreándose y provocando dolor y amargura.

"Hacer la revolución (decía el Beato seis semanas antes de su muerte) no es matar a uno que otro hombre (…). Hacer la revolución no es hacer pintas en las paredes ni gritar desaforados en las calles. Hacer la revolución es reflexionar proyectos políticos que estructuren mejor, un pueblo justo y de hermanos" ¿Utópico? Programático.

Lo vivido el sábado, no es solo recordar el pasado: es una posibilidad de interpretar el presente, y una enorme oportunidad de poner firmes bases para construir juntos una sociedad en la que haya menos personas pobres, más justicia y, consecuentemente, mejores condiciones para vivir en paz.

*Columnista de El Diario de Hoy.

@carlosmayorare