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La necesaria reflexión

Aun cuando no hay, al menos mientras escribo esto, resultados oficiales de las recientes elecciones los ciudadanos ya tenemos una idea de cómo ha quedado distribuido el poder. Ya se tiene un conocimiento aproximado de los diputados para la Asamblea Legislativa y el Parlamento Centroamericano, y se sabe quiénes son los alcaldes electos en todo el país. Ya hubo proclamaciones de los ganadores, aceptación de los que no lograron la victoria y hasta formación de equipos de transición. Este conocimiento se basa en las copias de las actas que tienen los partidos políticos, que han hecho sus números y proyecciones.

Aunque son posibles algunas pequeñas sorpresas en el conteo final y oficial, especialmente por los datos que requieren cálculos más precisos, en teoría no cabría esperar grandes diferencias con respecto a lo que ya es del dominio público.

Los resultados son ya, pues, prácticamente conocidos. Y a partir de estos se puede establecer que hubo notables desaciertos en las casas encuestadoras. Con honrosas excepciones, se equivocaron significativamente en sus predicciones. Diferencias de tantos puntos las deja, en verdad, mal paradas.

Uno de los objetivos de las estadísticas es hacer inferencias sobre la realidad. En el caso de las encuestas electorales es medir con base científica las preferencias de los votantes y predecir los resultados con la mayor exactitud posible. Si no lograron esto, simplemente fallaron. En las recientes elecciones las encuestas que más se acercaron a la realidad fueron las de los periódicos, y las que más se equivocaron fueron las de las universidades.

No somos ingenuos y sabemos que las encuestas políticas sirven para medir la opinión y también para inducirla. Los ciudadanos hemos quedado con la duda de la posibilidad de que algunas casas encuestadoras se inclinaron más hacia lo segundo que a lo primero. El patrimonio más preciado de una casa encuestadora es su credibilidad. Con cada resultado se juegan su prestigio, su marca. Esa marca cuesta construirla y es muy fácil perderla.

Algunos centros de encuestas se molestan cuando se les critica y no se dan cuenta que la crítica es por su propio bien, para que hagan una necesaria reflexión. La gente se fija y recuerda. No aceptarlas es labrar su propio descrédito.

Si partimos de la presunción de que actuaron con absoluta honestidad y que intentaron hacer lo mejor que pudieron, pues es hora que revisen sus metodologías. Hay que comenzar con lo básico, como tomar muestras adecuadas, evitar en lo posible los sesgos, formular las preguntas correctas y entrenar bien al personal. Las excusas no valen. El decir que lo que ocurrió se debió a situaciones de momento, coyunturales, es una excusa mala, pues estas situaciones son normales en los procesos electorales. Las cosas cambian constantemente, las opiniones son susceptibles de modificación. Una casa encuestadora sabe esto y lo que hace es afinar la puntería con métodos más eficaces.

El hecho de que algunas encuestas fueron bastante precisas también indica que las que no lo fueron tuvieron errores, creamos que involuntarios, de la misma manera que si en un examen hubo reprobados pero también otros que sacaron muy buena nota, el problema no está en el examen.

En una contienda electoral las encuestas son uno de los ingredientes más apetecidos, siempre y cuando se confíe en ellas. Los consumidores de encuestas siempre llegamos a saber a cuáles hay que prestarles atención y a cuáles simplemente ignorar.

*Médico psiquiatra.

Columnista de El Diario de Hoy.