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En Navidad: Al parecernos todo oscuro, con fe suceden milagros

Los niños festejaron alborozados la visita del Papá Noel. Cuando el grupo de amigos terminó de distribuir los regalos y de cantar villancicos, todos los ojos estaban humedecidos con lágrimas

Ocasionalmente vemos cómo, personas en duras situaciones, pareciendo sin solución --como enfermedades terminales, divorcios, perder el empleo, carestías, urgentes necesidades, u otras mortificaciones-- reaccionan depresivas, desesperadas, o tristemente peor, arrogantes.

Pero si vislumbramos oscuridades, recordemos que esta Navidad, recién inicia el Año de la Misericordia repleto de gracias. Recurrir con profunda humilde fe a nuestro Dios Padre, puede producir milagros. 

Muestro uno verídico: 
Raynier Maharaj, de Toronto, Canadá, cada Navidad recuerda una historia real que relata cada año. Ésta es testimonio que milagros pueden ocurrir.

Hace años, un grupo de jóvenes decidió compartir su alegría navideña con niños que ese día pasarían internados en un hospital cercano.
Compraron varios regalos, los envolvieron y unidos de sus guitarras se aparecieron por sorpresa en el hospital en la Nochebuena. Uno de ellos se disfrazó de San Nicolás.

Los niños festejaron alborozados la visita del Papá Noel. Cuando el grupo de amigos terminó de distribuir los regalos y de cantar villancicos, todos los ojos estaban humedecidos con lágrimas. Así decidieron repetir el papel de San Nicolás cada año.

En la siguiente, incluyeron en su visita a los enfermos internados en el hospital, extendiéndola al tercer año a algunos niños pobres del vecindario.

Pero en la cuarta Nochebuena, después de la ronda habitual, notaron que les habían sobrado algunos regalos y deliberaron qué harían con ellos. Alguien mencionó la existencia de un mísero caserío instalado en las inmediaciones, donde vivían algunas familias terriblemente pobres.
El grupo decidió dirigirse allí pensando que el número de familias sería pequeño. Pero se encontraron, en medio de la desolada extensión, con más de treinta niños expectantes.

Detrás de ellos había solo destartaladas precarias moradas. Cuando detuvieron el coche en el que iban, los niños se acercaron corriendo, saltando de júbilo. Evidentemente habían estado toda la noche esperando pacientemente la llegada de Papá Noel. Alguien -–pero no sabían quién--, les había dicho que él llegaría, aunque nuestro Papá Noel había decidido hacerlo solo algunos minutos antes.

El grupo de jóvenes quedó desconcertado, excepto el propio Papá Noel que estaba terriblemente angustiado. Sabía que no tenía juguetes suficientes para tantos niños. Finalmente, sin querer decepcionarlos, decidió entregar los pocos juguetes que tenía a los más pequeños.
Cuando se terminaran, explicaría lo ocurrido a los más grandes.

Allí estaban treinta niños limpios, ataviados con sus mejores galas, alineados de menor a mayor, aguardando turno. Mientras cada niño se aproximaba, Papá Noel revolvía dentro del saco con gran temor, anhelando encontrar por lo menos un juguete más para entregar. Por algún milagro, encontró uno cada vez que buscó en el saco. Finalmente, cada niño recibió su juguete. Papá Noel miró el interior de su saco, estaba vacío.

Aliviado, soltó un jovial “¡Jo, jo!” despidiéndose de los niños. Pero casi partía, cuando oyó a un niño gritando:

-¡Papá Noel, espera!
Había dos niños pequeños, que habían estado durmiendo.

El corazón de Papá Noel dio un vuelco. Sabía que no había más juguetes. Pero cuando los niños se acercaron jadeantes, él, confiando en Dios, volvió a meter la mano en el saco. Súbitamente encontró más regalos.

El grupo de amigos, ahora adultos, todavía comentan el milagro de esa medianoche de Navidad. Siguen sin encontrarle explicación; solo aseguran que aquello realmente sucedió. 

¿Cómo conozco la historia? Bueno… yo era el Papá Noel: (Firma: Raynier Maharaj).

¡Feliz Navidad!

* Columnista de El Diario de Hoy. Autora del libro “Al Filo de mi Pluma”.