Lee la versión Epaper
Suscríbase
Lee la versión Epaper

Nadie supo. Nadie dijo

Economía, seguridad. Seguridad, economía. No salimos de los dos tópicos y de sus bemoles: empleo, salud, educación… pero todo en función de la economía y la seguridad, como si fueran los únicos temas importantes a la hora de ponderar el voto.

Da la impresión de que se da la típica confusión entre lo urgente y lo importante: es urgente solucionar los problemas de seguridad ciudadana, y procurar unas mejores condiciones de bienestar material para los salvadoreños. Pero por fijarnos en lo urgente, podemos correr el riesgo de olvidarnos de lo importante.

Pero ¿acaso hay algo más importante que contar con los medios para tener una vida digna y --más todavía--, conservar esa misma vida en una sociedad violenta? Preguntémosle a la Constitución, y nos responderá que "El Salvador reconoce a la persona humana como el origen y el fin de la actividad del Estado, que está organizado para la consecución de la justicia, de la seguridad jurídica y del bien común. Así mismo reconoce como persona humana a todo ser humano desde el instante de la concepción. En consecuencia, es obligación del Estado asegurar a los habitantes de la República, el goce de la libertad, la salud, la cultura, el bienestar económico y la justicia social".

Se tildan mutuamente de neoliberales, o de socialistas del Siglo XXI; aunque, por sus posturas ideológicas, izquierda y derecha se encuentran instaladas en el discurso que el mundo sostenía en el último cuarto del Siglo XX, ciertamente cuando todo era economía.

Copio de un artículo de opinión aparecido en un periódico español en estos días: "el foco de la izquierda postmoderna se ha desplazado de las cuestiones socioeconómicas a las moral-culturales. Ser de izquierda tiene hoy más que ver con propugnar el aborto libre, la ideología de género, los "nuevos modelos de familia", el ecologismo o la eutanasia que con la nacionalización de la industria, los planes quinquenales y la jornada de ocho horas. La izquierda ya no es socialista sino "sesentayochista". Ha fracasado en la revolución socioeconómica, pero sigue aspirando a la revolución de las costumbres. Ha renunciado a la socialización de los medios de producción, pero no a la del orgasmo. Pues, en efecto, buena parte de las reivindicaciones neoizquierdistas tienen un nexo lógico con el dogma de la libertad amorosa ilimitada".

En el caso la izquierda nacional, esa renuncia a la socialización de los medios de producción (tal como la entendían los viejos comunistas) es patente: los dirigentes políticos se han convertido en empresarios más capitalistas que cualquiera, por mucho que le pongan a sus empresas la etiqueta de "función social" porque reparten dinero, becas o computadoras.

A lo que no han renunciado es a su pertenencia a la "Internacional Socialista". No tanto porque compartan sus planteamientos socio económicos, sino porque dependen de sus dineros, y por eso defienden y promueven ideas acerca de los nuevos modelos de familia y otras yerbas.

Al leer la cita, se entiende mejor el empecinamiento en no querer ratificar la reforma que impide la desnaturalización del matrimonio, su apoyo a los programas abortistas, su empeño en que la inclusión social se reduzca a reconocer derechos a las personas homosexuales, o a identificar la libertad de las mujeres, únicamente con la "libertad" de vivir una sexualidad descomprometida.

El tema del matrimonio y la familia es avispero que se prefirió dejar en paz. Nadie quiso patearlo, porque nadie estaba dispuesto a embarcarse en una batalla cultural-ideológica. Porque no se tenían argumentos, o porque hay temas más urgentes y más "sabrosos": economía y seguridad.

Sin embargo, a la hora de votar es fundamental poner en la balanza de la decisión no sólo lo urgente, sino también, lo importante.

*Columnista de El Diario de Hoy.

carlos@mayora.org