Lee la versión Epaper
Suscríbase
Lee la versión Epaper

"Nada se pierde, todo se transforma"

¿Por qué dos reconocidos políticos que prometieron “mano dura” contra la corrupción han terminado siendo los perpetradores de tan asqueroso saqueo?

Miércoles 29 de octubre de 2008: en una audiencia legislativa, el secretario de Coordinación Ejecutiva de la Presidencia de Guatemala se encuentra balbuceando números y elucubrando excusas pues las cifras del programa estrella del gobierno, Mi Familia Progresa, no cuadran.

Frente a sí, encabezan el interrogatorio una notable y valiente diputada que durante las últimas semanas se ha dedicado por completo a desarmar los triunfales argumentos del gobierno presidido por Álvaro Colom Caballeros. Encabezan el interrogatorio la legisladora Roxana Baldetti.

Sus notorias indagaciones pusieron en jaque momentáneamente a Mi Familia Progresa y a parte de las aspiraciones electorales de la hasta entonces primera dama de la República: Sandra Torres (en ese momento, de Colom). Gracias a su exhaustiva tarea, los guatemaltecos fueron testigos de cómo un programa de transferencias condicionadas fue instrumentalizado y gran parte de sus beneficiarios eran, por decirlo así, inexistentes.

Viernes 21 de agosto de 2015: En un centro hospitalario de la Ciudad de Guatemala, los cuerpos de seguridad se hacen presentes para aprehender a la exvicepresidenta de nuestro vecino país, Roxana Baldetti, por su participación y presunto liderazgo en la red de defraudación aduanera y enriquecimiento ilícito “La Línea”.

La otrora heroína de la transparencia, ágil y tenaz para denunciar la corrupción mientras encabezaba la principal bancada de oposición está a poco tiempo de sentarse en el penoso banquillo de los acusados para esperar su condena por saquear el erario público y traicionar a los guatemaltecos.

El 14 de enero de 2012, a las dos de la tarde exactas, el general Otto Fernando Pérez Molina asumía la banda presidencial y en su discurso inaugural denunciaba “una quiebra moral, porque (…) la justicia y el imperio de la ley han sido sustituidos por una cultura de corrupción e impunidad, una corrupción que se ha sistematizado, que se ha generalizado”.

Tres años y medio más tarde, Pérez Molina y su compañera incondicional, Roxana Baldetti, están señalados por liderar “La Línea” y la evidencia presentada por el Ministerio Público y la CICIG revela algunos de los peores colores de la corrupción y el descaro en Guatemala. Aunque el presidente ha descartado su renuncia, cada vez más ciudadanos exigen que sobre él se aplique la justicia y sus abusos no permanezcan impunes.

¿Por qué dos reconocidos políticos que prometieron “mano dura” contra la corrupción han terminado siendo los perpetradores de tan asqueroso saqueo? ¿Serán Pérez y Baldetti casos aislados o signos de una tendencia propia del sector público en nuestros países? ¿Qué incentivos se generan al gobernar que el uso transparente y sensato de los fondos públicos se vuelve secundario?

Les comparto acá las que a mi criterio son las principales lecciones que el caso guatemalteco nos puede dar a los salvadoreños y a los enemigos de la corrupción en general:

Primero, dar por sentada la integridad de un político es una apuesta peligrosa y acaso irresponsable. La eterna desconfianza del poder es la actitud ciudadana más sana, pues exige en todo momento la vigilancia de quienes administran los fondos públicos y la capacidad de decisión que el gobierno conlleva. 

Segundo, la corrupción y la desfachatez no son monopolios de izquierda o derecha. El principal riesgo de la corrupción es que la ganancia de la misma en concentrada en pocas manos y el costo de ella está disperso en toda la ciudadanía, lo cual explica la apatía de estos últimos a observar constantemente el poder. Si ser corrupto es tan fácil, sea cual sea la ideología de un candidato, es muy probable que en algún momento opte por abusar.

Tercero, que la memoria es corta. Los guatemaltecos están a las puertas del proceso judicial más emocionante de su historia contemporánea, un parte aguas en su camino democrático, pero esto no debe hacerles olvidar que quien puntea en la preferencia electoral de cara a las elecciones del 6 de septiembre, Manuel Baldizón, tiene fuertes señalamientos de conexiones con grupos ilícitos y quien va segunda es Sandra Torres, quien encabezó Mi Familia Progresa, el cuestionable programa al que hicimos referencia hace unas líneas.

Parafraseando a Jorge Drexler, la corrupción no se pierde, solo se transforma.
 

*Colaborador de El Diario de Hoy.