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El mundo tras los enrejados

Javier vive en una colonia de clase media en Santa Tecla. Cada mañana sale con su mochila a tomar el autobús que lo lleva a la Universidad. Para llegar a la parada de bus, desde su casa, tiene que caminar cinco cuadras y atravesar dos portones con sus respectivas casetas de seguridad. En el último mes lo han asaltado tres veces y tres veces le han robado un teléfono celular, aparte de unos cuantos dólares. Los tres asaltos ocurrieron entre el último portón y la parada.

Lo de Javier es una historia común. Los asaltos en las calles y pasajes de barrio y colonia son el pan de cada día. Nadie se siente seguro en ninguna parte. La intermitente vigilancia policial y los esporádicos patrullajes del Ejército no son suficientes para darle tranquilidad a la gente. Ya desde hace un tiempo los vecinos decidieron cerrar sus colonias con casetas de seguridad. Allí los vigilantes privados uniformados y armados detienen peatones y autos, piden documentos y hacen revisiones para permitir la entrada o salida de la residencial.

Hace muchos años las residenciales privadas eran pocas. Sólo los muy ricos se protegían detrás de altos muros y alambradas con electricidad. Ahora hasta la más humilde de las colonias tiene su caseta y su pluma. La cosa no está para bromas. Y así nos fuimos acostumbrando a que para ir a visitar a algún amigo o familiar tenemos que pasar cosas parecidas a aduanas, donde dejamos documentos que prueban quienes somos.

Pero como el auge criminal aumenta, las medidas de la gente se vuelven extremas. Ahora ya no sólo hay casetas en las entradas de las colonias. Se ha desatado una epidemia de portones enrejados en diversas calles de cualquier parte del Gran San Salvador. Aparecen sin orden ni concierto. Donde uno menos se lo espera y allí donde siempre ha dado la vuelta, de pronto aparece un enrejado. Hay una zona de Santa Tecla, donde los vecinos decidieron poner portones prácticamente en cada esquina.

Y no sólo eso. Decidieron también cerrarlos a eso de las ocho de la noche y abrirlos hasta el día siguiente, como a las seis de la mañana. Ahora es un lío salir de la propia casa después de las ocho. Para ir, en horas nocturnas a una farmacia o una tiendita a unas cuantas cuadras, hay que ir a dar la vuelta al estrecho de Magallanes. No es broma. Hay zonas de del gran San Salvador que se han convertido en un feo laberinto de rejas.

Detrás de los muros, las casetas, los portones, los enrejados y los reflectores no están los ladrones, eso es lo triste, están los honrados. La gente asustada viendo la televisión tras siete aldabas, un perro bravo y el portón en la esquina. Afuera, los malhechores, libres. Roban, pistola en mano a los automovilistas en lo que dura el cambio de luz del semáforo. Asaltan en el autobús. Se hacen pasar de cualquier cosa para burlar la seguridad de los portones y meterse a desvalijar viviendas. Para no hablar de los homicidios y las extorsiones.

La política de seguridad del gobierno, es la de sálvese el que pueda. Y eso es caro. Porque además de pagar impuestos hay que gastar en mandar hacer el portón y pagar la vigilancia. Y lo más probable es que siempre te asalten o te extorsionen cuando te aventuras a salir de tu mundo tras las rejas, como le pasó a Javier. Por cierto él, con todo el esfuerzo del mundo se compró un carro para ir a la universidad. Un escarabajo setentero que espera que no se lo vayan a robar. Qué caro resulta vivir en un país pobre y mal gobernado.