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Mundo de apariencias

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Mundo de apariencias

Como dice el viejo refrán: el hábito no hace al monje. Pero lo que sí es cierto es que si uno no es Cristiano Ronaldo, o Sting, quienes son recibidos con admiración hasta en los círculos más conservadores, será muy difícil conseguir un trabajo si nos presentamos con los pantalones jeans raídos, arete en la oreja o con el cabello a dos colores. Así es la cosa. _En todo caso lo que importa es lo que hay dentro de la persona.

De manera lamentable, hay una tendencia en estos días, debido a muchos factores, al culto a la apariencia. El resorte que impulsa al muchacho de barrio a ponerse un gabán y a hacerse un tatuaje, como al ejecutivo a desvivirse por la ropa de marca por encima de cultivar el cerebro y el alma es el mismo: la mediocridad.

El culto a la apariencia no sólo abarca la ropa, sino también el cuerpo. Sé de muchachas y señoras que con el afán de parecerse a Natalie Portman, invierten fortunas en extraños aparatos para aplanar la barriga, pastillas milagrosas para adelgazar o simplemente dejan de comer. Y como están lejos de lograr el objetivo, caen en estados de ánimo depresivos, lo que provoca anorexia o bulimia.

Igual con los hombres. En la fantasía de parecerse a Bradley Cooper se tiñen el pelo de rubio, se compran lentes de contacto verdes, se matan en los gimansios, no por salud, sino por el bendito culto a la apariencia. Qué cosas.

Lo grave es que ni llegarán a ser lo que sueñan y cada vez se alejan más de lo que fueron. Se quedan en el limbo de la chica Fashion o el macho metrosexual con la cabeza hueca y el alma vacía.

Vacías también tienen sus almas aquellos que con el afán de tener lo que otros, que poseen mayor capacidad económica, se les va la vida y la bolsa. Viven entre los sobregiros y los angustiosos estados de cuentas del dinero plástico con tal de aparentar que están al mismo nivel de don Fulanito de Tal.

No les queda tiempo para dedicarse a pensar. Ni siquiera para leer un buen libro. No hay tiempo para disfrutar con plenitud de las cosas buenas de la vida, que son gratis, porque hay que trabajar mucho para pagar tanto compromiso y por la angustia.

Qué pena pasar la mitad de la vida matándose para conseguir ostentosas cosas materiales y pasar la otra mitad matándose para terminar de pagarlas o para no perderlas. Todo por vivir de las apariencias y nadando en la mediocridad.

A propósito de esta reflexión y de este último párrafo, recuerdo algo que escribí hace unos años. Si me lo permiten, me gustaría, para los que llegaron tarde, compartirlo.

En el mediocre todo es apariencia y pantalla. Creen que disciplinas como Literatura e Historia son "temas de conversación". Memorizan, con dificultad, nombres de escritores, pintores y filósofos, para dejarlos caer en alguna platica de coctel, muchas veces de manera desafortunada.

Se mueren sin no los invitan a la recepción de don Mengano. Se deprimen si no les alcanza el dinero para comprar un "I Phone", o un "I Pod" o cualquier cuchufleta que aparezca en el mercado. Están, pues, llenos de "status simbols", y completamente vacíos por dentro. "Cuantitativo el pelo, la genial pesadumbre, el modo arriba", escribió César Vallejo.

Lo que verdaderamente nos realiza como seres humanos no es la apariencia. Es el esfuerzo diario, la búsqueda constante de la perfección en nuestro trabajo por humilde que sea.

No importa, pues, si somos carpinteros, periodistas, maestros, músicos o empresarios. Lo importante es hacerlo bien.

Cuando aceptamos el reto, cuando enfilamos con entusiasmo, como decía José Ingenieros, hacia un ideal, cuando nos proponemos en dejar un legado, cuando asumimos la responsabilidad de nosotros mismos, cuando desafiamos las dificultades, estamos en el nivel del espíritu por sobre la superficie y viviremos de manera más plena.

* Columnista de El Diario de Hoy.

marvingaleasp@hotmail.com