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La muerte de Santos Lino Ramírez

Decían los soldados que Santos Lino Ramírez, Comandante César, solía convertirse en perro, piedra o racimo de guineo para evadir la muerte. Fue un tío suyo que allá en su tierra natal, Tres Calles, echó a correr el rumor de que Santos Lino había hecho pacto con el Diablo y que por eso lo amaban las mujeres y era inmortal.

San Agustín Tres Calles, en el sur de Usulután, tenía fama de ser un pueblo de hombres que dirimían asuntos de honor a machetazos. Desde pequeño, pues, Santos Lino aprendió el arte del machete. Ya de adolescente se hizo alto y esbelto. Además era medio rubio.

Aseguraban que el Chele era capaz de lanzar un coco al aire y pelarlo con el machete antes de que cayera al suelo. El mujeral se moría por él. Varias novias arrebatadas, fueron causa de muchas de sus peleas a machetazo limpio, de los cuales salió siempre incólume.

En las fincas donde trabajaba ganando un colón con 25 centavos, por jornadas de 10 horas, terminaban corriéndolo porque protestaba por el maltrato de patrones y caporales. Por rebelde nadie le daba trabajo. Se metió a la Policía Nacional. Fue campeón de tiro con pistola y fusil. Y allí también, entre guardias y policías, se corrió la leyenda de que tenía el poder de transformarse en cualquier otra persona, animal o cosa.

Dicen qué era implacable con los ladrones y violadores, pero que se negó a agarrar a garrotazos a los maestros en huelga y a los estudiantes que salían a protestar contra la guerra de Vietnam, en los desfiles bufos de los Sesenta y Setenta. Por eso y por no dejarse joder de oficiales abusadores, lo comenzaron castigar por todo. Dejó la Policía y tras una breve temporada como obrero en San Salvador se enroló en 1973, en la naciente guerrilla del ERP.

En 1974, sacudió al país, cuando apareció en televisión, tras un operativo guerrillero para tomarse el canal, lanzando un mensaje revolucionario. Allí estaba en la pantalla, alto, armado y con pasamontañas, diciendo que fue policía y que ahora era un soldado de los pobres. La leyenda del policía, que era brujo y después guerrillero comenzó a crecer más.

Fue uno de los más osados guerrilleros urbanos en los Setenta, y uno de los más temidos comandantes de campo en los Ochenta. Donde pasaba su columna formada por sus paisanos de Tres Calles, no volvía a crecer la hierba. Los trescalleños preferían pegar los balazos entre ceja y ceja para ahorrar munición. Consideraban que tenderse era una mariconada y preferían parapetarse detrás de una pared o un palo o de nada.

La dirección del ERP pidió a sus comandantes que hicieran conciencia en los combatientes para que, durante las incursiones a los pueblos, no tocaran nada de los civiles. El Chele, esto yo lo vi y oí, les dijo a los suyos: "Al que robe, lo mato". Eso fue todo su discurso. De verde olivo, Santos Lino, parecía un asesor gringo. Feroz en el combate. Gran contador de chistes en la fogata de la cocina guerrillera, solidario y humilde.

Cuanto todo terminó, sin paraísos de pobres como el soñó, se fue, ironía del destino, a Estados Unidos, la tierra del imperialismo al que tanto había combatido. Regresó hace dos años para trabajar como empleado del Ministerio de Obras Públicas. Cogió un cáncer en el estómago que terminó venciéndolo. Murió el viernes pasado.

Fui a su vela en capilla humilde. Me impresionó vivamente ver su cadáver rígido, pero elegante, barbado, vestido con primor por su amorosa familia. Allí estaba como dormido con un crucifijo aferrado entre las manos.

Nació pobre, vivió pobre, luchó fieramente por los pobres. Idealista, bravo, soñador. Y murió pobre llorado por sus compañeros de lucha y sobre todo por los pobres de su tierra. Murió Santos Lino. Su leyenda sigue viva.

* Columnista de El Diario de Hoy. marvingaleasp@hotmail.com