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La muerte de la política

Hoy día podría parecer que para lograr entendimiento entre las facciones políticas es necesario renunciar a la verdad. O incluso, olvidarse de la honestidad porque --parecen decir algunos con sus actuaciones--: "ya se sabe que en política la verdad, la honestidad, más que valores terminan por ser obstáculos para alcanzar resultados".

Si no es que se apuntan al bando de los cínicos y consideran que la verdad es tan cambiante como los intereses partidarios, y que la única "honestidad" que debe ser tomada en cuenta es la que ayuda a lograr resultados, de tal modo que lo que hoy es blanco, mañana se admite sin ningún problema que es negro, y viceversa el día siguiente.

Detrás de esas actitudes hay una presunción de que las distintas facciones políticas sólo son variaciones de un mismo e idéntico interés: el propio interés. De que la política es un género común que adopta formas diferentes en las distintas ideologías. Variados planteamientos pero, en el fondo, expresa una sola realidad: el valor que todo lo fundamenta, y por el que vale la pena el sacrificio y la lucha es el bienestar personal, asegurarse un modus vivendi. Entonces "partido", "patria", "gente", "democracia" y hasta la Constitución, no son más que piezas de un juego que hay que saber manejar para salirse con la propia sobre la ajena, primero dentro del propio partido político y después en el proceloso mar de la política nacional.

La importancia del bien común, la honestidad, la verdad, que en los orígenes de la carrera de todos los políticos eran significativas, después de unos añitos de ejercicio de la profesión, de desengaños y puñaladas, terminan por ponerse entre paréntesis. Si bien se habla como si el auténtico fin de la política fuera el bien mayor para la mayoría de personas, quizá porque se renuncia a él por inalcanzable o porque el poder termina por corromper, esos valores pasan de su papel de fundamento de la actuación a elegantes pantallas que posibilitan mantenerse a bordo del barco político y participar no sólo de las francachelas, sino terminar por creer que el fin propio de la política es aprovechar el momento y después de mí… el diluvio.

Pero lo cierto es que esa suposición es letal no sólo para la política, sino también para los políticos mismos. De hecho, si la actividad pública pierde su carácter de servicio, si todo se reduce al propio interés, si sólo se trata de un juego de provechos, la única manera que tiene la política de sobrevivir es la trampa: acallamiento de los medios de comunicación y de las voces críticas, fullería en las elecciones, y el atrincheramiento contra el disenso utilizando armas bajas y vergonzosas: desde un equipo de "troles" entrenados para crear una plataforma favorable en las redes sociales, hasta la simple calumnia para descalificar al adversario.

Es triste que la política, que debería ser hábitat de la libertad, del compromiso personal para encontrar el bien común, de la industria de cada uno, y de haber encontrado diversos caminos para llegar al mayor bien para el mayor número de personas en la sociedad, se corrompa en algunos casos y mute en pura y simple viveza y abuso.

Sin embargo, es esperanzador constatar que la política es dura de matar, y se empeña en producir personas honestas y comprometidas (a quienes, por cierto, la última sentencia de la Sala de lo Constitucional nos permitirá elegir, independientemente del partido político en que militen) dispuestas a buscar el bien común sobre el bien personal. Y que a fin de cuentas, aunque parezca estar agonizando, es capaz de levantarse robusta y vigorosa, para volver a tomar las riendas de la cosa pública.

*Columnista de El Diario de Hoy.

@c arlosmayorare