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En la muerte de Paco

¿Hasta cuándo vamos a reaccionar, salvadoreños, para que el prematuro deceso de Francisco Flores no marque también el principio de una nueva escalada de revanchas y encarnizamientos? ¿Dejaremos prosperar al odio?

Aunque he tenido la fortuna de conocer a personas listas, inteligentes, lúcidas, dueñas de cerebros realmente privilegiados, en muy pocas he podido advertir el genio y la brillantez alucinantes de Francisco Guillermo Flores Pérez (QDDG). Fue acompañándole a él de cerca, al menos durante los primeros tres años de su presidencia, que me fue concedido el privilegio de servirle al país de modos inimaginables para aquel cipote de 24 años que era yo en 1999. En un esfuerzo por resumir semejante experiencia, diré que se trató de una etapa inolvidable al lado de un ser humano incomparable.

Por supuesto, viendo a Francisco Flores lidiar con las situaciones más tensas y complejas de la función pública, descubrí facetas de la política sobre las que quizá algún día me anime a hablar. Pero allá en el fondo del baúl de los recuerdos, donde se juntan las luces y las sombras de quienes han sido decisivos en mi vida, el ejemplo de serenidad y la sonrisa cálida de Paco serán siempre motivos de íntimo regocijo.

Ni antes ni después de él, a mi juicio, ha llegado a la máxima magistratura del país una persona con tantas cualidades intelectuales; por lo mismo, resulta imposible describir la hondura reflexiva con que cada acontecimiento, incluso el más anodino, se evaluaba en la mente inquieta de ese filósofo-poeta que el presidente Flores era en esencia. Una sobremesa con él bastaba para ayudar a entender que, frente a la política, existen dos actitudes aparentemente disímiles que ayudan a apreciarla mejor: sentido de responsabilidad histórica (para colocar nuestras capacidades al servicio de ella) y sentido del humor (para colocar el espíritu siempre por encima de ella).

Siendo la pasión que es, a la política no hay que entregarse sino el tiempo necesario, es decir, el que sea justo para adquirir tres virtudes insustituibles: la agudeza para conocer el poder sin asustarnos, el autodominio para ejercerlo sin vanagloriarnos y la madurez para abandonarlo sin vaciarnos. En el caso de Paco, como sucede a muchas grandes inteligencias, la equilibrada combinación de las tres cosas tuvo sus altibajos. Y pese a todo ello, ninguno de sus detractores era digno de ensañarse en él como lo hicieron, con esa furia incontenible de jauría.

Nunca he entendido ni entenderé el odio como justicia. Hasta la más estricta legalidad, impulsada por el rencor o el deseo de venganza, puede ser una forma de matar. Lo que termina definiendo al asesino es la virulencia de sus sentimientos, no los móviles que emplea. De hecho, entre todas las formas que existen para acabar con una persona, el disparo a quemarropa se diferencia de las otras en la rapidez con que cumple su propósito; pero la saña con que se dispara contra alguien no es distinta de la que aplica cualquier “poderoso” —sea mandatario, diputado, juez o carcelero— para ir destrozando a su víctima, aunque esto le lleve más tiempo.

En la denuncia contra Paco, y en su posterior seguimiento judicial, se traspasaron muchos límites. Digámoslo claro. Si por asesinato entendemos la acción (voluntaria o involuntaria) de acortarle la vida a otro ser humano —uno que, de no mediar aquella acción, habría podido vivir más años—, pues fue eso exactamente lo que se perpetró contra Francisco Flores. Ningún eufemismo hará que quienes hoy llevan ese peso en la conciencia justifiquen el afán destructor con que señalaron, vilipendiaron y exhibieron a un hombre diagnosticado con una grave enfermedad circulatoria. Matizar intenciones, a estas alturas, no corrige el desenlace.

¿Pero qué dice de nuestra sociedad este triste episodio? ¿Por qué tantas mediocridades consiguen tan exitosamente desfogar sus pasiones en un adversario político? ¿Hasta cuándo vamos a reaccionar, salvadoreños, para que el prematuro deceso de Francisco Flores no marque también el principio de una nueva escalada de revanchas y encarnizamientos? ¿Dejaremos prosperar al odio? ¿Será siempre de la muerte la última palabra?

*Escritor y columnista de El Diario de Hoy