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¿La muerte de la diversidad?

Es políticamente rentable mostrarse duro contra los inmigrantes ilegales, especialmente los hispanos. Produce votos. Todos los candidatos lo saben.

En todo caso, no es un fenómeno americano sino una regla universal. En Europa no es diferente. En ningún sitio quieren extranjeros. Nadie los desea. En España, Francia e Inglaterra el mayor rechazo es a los árabes. Pero en toda Europa se habla con cierto desdén de "la invasión rumana", de la riada de gitanos o del mítico "fontanero polaco", que supuestamente va a dejar sin trabajo a los nacionales. En general, no se trata de un juicio racional, sino de una reacción atávica, animal, tal vez instintiva, frente a todo aquel que muestre señas de identidad diferentes. La mayor parte de los estudios más solventes demuestran que los inmigrantes son una magnífica fuente de creación de riquezas, desde el humilde recogedor de tomates hasta el neurocirujano, pero hay un creciente rechazo a quien habla otra lengua, gesticula de una cierta manera o le reza a otras deidades. Es como si se estuviera secando el discurso a favor de la diversidad, que tantos adeptos tuvo en la segunda mitad del Siglo XX. Más aún: va forjándose un cuerpo teórico en contra de la diversidad, que tiene como apóstol (tal vez sin él proponérselo) al sociólogo Robert Putnam, uno de los investigadores norteamericanos más reputados, a partir de un largo ensayo, Bowling Alone (Jugando sólo a los bolos), publicado hace más de una década, pero cada vez con más lectores, título en el que aludía a la creciente amputación de los lazos de colaboración espontánea que unen a los norte- americanos a la sociedad en la que viven.

Fue Putnam, junto a otros investigadores, quien hace varias décadas desarrolló la noción del "capital social" como aquella madeja de con- fianza en el prójimo e interrelaciones voluntarias que fortalecía el tejido de la sociedad civil y mejoraba la calidad de la convivencia. A mayor capital social, mejor democracia, mejores instituciones y más y mejores transacciones comerciales.

Hoy el panorama es diferente. Los niveles de confianza en el otro se han reducido tremendamente. El prestigio del gobierno y de los políticos nunca ha sido menor. La filantropía y el trabajo voluntario son una sombra de lo que eran. La idea de la responsabilidad social se ha diluido. Se multiplican los conflictos legales y los pleitos. Disminuye la militancia religiosa. Las personas se reúnen y comparten menos.

Estados Unidos, en alguna medida, se va transformando en una muchedumbre de personas solitarias, que dedican cada vez más tiempo a la televisión o a los juegos electrónicos y menos a la interacción con otras criaturas. Es como si el instinto gregario se hubiera debilitado. Aquel asociacionismo voluntario que deslumbró a Alexis de Tocqueville en la primera mitad del XIX, cuando observó el entusiasmo con que los individuos se vinculaban libremente para solucionar los problemas colectivos, va dando paso a una generalizada indiferencia.

¿Qué tiene que ver todo esto con los extranjeros? Algo tal vez, barruntan Putnam y sus seguidores: la hipótesis es que se debilita el impulso altruista cuando el entorno está poblado de gentes extrañas. Y eso coincide con la visión utópica de que alguna vez hubo un país mucho mejor que el que hoy existe porque era mucho más uniforme en el sentido racial y cultural, de donde deducen que era mejor, precisamente, porque era uniforme. Uno ama y lucha por lo que le parece propio y cercano, pero uno se inhibe ante extraños distantes que manejan códigos ajenos.

No lo sé. Tal vez están tomando el rábano por las hojas. No creo que sea discutible que hay una reducción sustancial del capital social norteamericano (y planetario), pero sospecho que el origen de ese fenómeno tiene poco que ver con la presencia masiva de extranjeros legales o ilegales. Sencillamente, las sociedades cambian, las costumbres se modifican, y los valores alteran su jerarquía con el paso del tiempo y los avances científicos.

En todo caso, a los efectos electorales no importa demasiado que la tesis sea cierta o falsa. Los políticos se han dado cuenta de que es rentable. Han olido votos.