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Muerte en el búnker

Son casi las tres de la tarde y un hombre está a punto de suicidarse. Diez metros arriba del techo de hormigón que le protege, un incesante bombardeo reduce a escombros la ciudad desde la que alguna vez soñó dirigir un nuevo orden planetario. Sin embargo, tras 12 años y 3 meses de haber alcanzado la cúspide del poder en su patria, la vorágine de destrucción provocada por él está por cobrar finalmente su propia vida.

Más de cincuenta millones de seres humanos han muerto por causa de este hombre prematuramente envejecido y refugiado en un búnker. Toda una conflagración mundial ha sido producto de su megalomanía. Pero apenas hace diez días, justo en la fecha de su cumpleaños 56, ha dado palmaditas cariñosas en las mejillas de adolescentes y niños que han jurado defenderle hasta la última gota de sangre, a él que llegó a comandar ejércitos de hombres que parecían invencibles. Ni siquiera Napoleón tuvo semejante dominio sobre el continente europeo. Y ahora, cuando de aquel señorío continental quedan unas 200 hectáreas de ruinas, Adolf Hitler solo tiene ya el poder de evitar que sus enemigos lo capturen vivo.

Para dejar este mundo, el Führer cuenta con una pistola Walther calibre 7,65 y un potente veneno --cianuro potásico-- que ha sido probado en su perra favorita, "Blondi". La muerte instantánea del animal, enterrada poco después junto a sus cachorros recién nacidos, demuestra que el suicidio será rápido y poco doloroso. Hitler, además, no estará solo en su viaje postrero. Eva Braun, que ha sido su amante secreta por 15 años, le acompañará gustosa a la muerte, a 38 horas de haberse convertido en su esposa legítima.

En efecto, a la 1 de la madrugada del día anterior, 29 de abril, la rubia de 33 años --a la que Hitler empezó a seducir cuando tenía 17--, dio el consentimiento legal a su ahora marido en una ceremonia patética, presenciada por un puñado de incondicionales. Ya en dos ocasiones había tratado Eva de suicidarse, incapaz de soportar los amoríos fugaces de Adolf; hoy está a las puertas de quitarse la vida para demostrarle su fidelidad hasta el final.

El máximo líder del Tercer Reich ha dado sus últimas órdenes. Sabe cuál será su destino y no tiene la mínima intención de retrasarlo. Ha pedido que su cuerpo y el de su mujer sean sacados del búnker e incinerados en el jardín de la destrozada Cancillería, tarea macabra que será cumplida. Pero no quiere dar la impresión de haberse arrepentido de algo. Al contrario, en un despacho dirigido al mariscal Keitel, jefe del alto mando, ha culpado de todo el desastre a "la deslealtad y la traición", sin asumir ninguna responsabilidad personal.

Adolf Hitler y Eva Braun almuerzan espaguetis con salsa a las 2:30 de la tarde, en la que será su última comida. Pasadas las 3 ambos entran a la oficina del Führer y se cierra la puerta detrás de ellos. Todavía intentará Magda Goebbels, la esposa del devoto Ministro de Propaganda nazi, que alguien convenza a Hitler de no matarse. Aquella solicitud, por supuesto, será desestimada, y los Goebbels también se inmolarán, al día siguiente, luego de envenenar uno tras otro a sus seis hijos.

Hacia las 3:45 se escucha un disparo. Al entrar al despacho, los oficiales hallan a Eva con las piernas contraídas y el rostro apoyado sobre uno de los hombros de su esposo. En la boca torcida de Hitler también hay fragmentos de la cápsula de cianuro que ha masticado, aunque él sí ha tenido tiempo para, además, pegarse un tiro en la sien derecha. Será su secretaria, Traudl Junge, fallecida en 2002, la testigo de excepción que relate al mundo los pormenores de aquella trágica jornada en el búnker de la Cancillería del Reich en Berlín, hecho histórico del que mañana, 30 de abril, se cumplen 70 años.

*Escritor y columnista de El Diario de Hoy.