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Moral y cívica para el siglo XXI

Pensar que la educación moral y cívica es baladí es no haber captado la profundidad del problema en el que vivimos, o haber vendido el interés a la impaciencia 

Dejando de lado el aspecto meramente político: examinar quiénes aprobaron la inclusión de la asignatura de Moral, Urbanidad y Cívica en el currículo nacional, y quiénes se negaron a votar a favor de su integración; ante ese hecho consumado, me pregunto si habrá quién diseñe en noventa días el programa de una disciplina que, por ley, deberá incluirse en ese plazo en el diario quehacer de escuelas y colegios. 

No es tarea fácil, más aún cuando se considera que los últimos programas, hasta donde se sabe, datan de finales de los años sesenta del siglo pasado… El mundo en que vivimos cambia vertiginosamente, y por eso tanto lo que se debe saber, como las condiciones de quienes aprenden, son considerablemente distintas en cada nueva generación que se incorpora a las aulas.

Hay un consenso entre los expertos actuales en educación con respecto al tipo de disciplinas y habilidades con las que deben contar los estudiantes para prepararse para la vida, para afrontar un mundo cambiante. 

De hecho, las habilidades necesarias para aprender, trabajar y ser ciudadanos, coinciden en cuatro o cinco fundamentales: aprender a pensar de manera crítica, poseer capacidad colaborativa eficaz, tener excelentes destrezas para la comunicación oral y escrita, ser extraordinarios escuchadores, poder resolver problemas con capacidad creativa y, por último, pero no menos importante, no dejar de lado los hábitos de la mente y del corazón: ser empáticos, analíticos, perseverantes, tenaces, auto disciplinados… En resumen: contar con una fuerte visión moral de la vida, una noción acertada de lo que está inherentemente bien o mal, y la capacidad de actuar en consecuencia.  

Alguien que cuente con todo lo anterior tiene asegurado no solo el éxito en su aprendizaje o en su desarrollo laboral, sino también su felicidad personal y una contribución activa y libre para mejorar el mundo donde vive: desde la familia en que crece, al país en el que habita; pasando por el barrio, la empresa, la iglesia y cualquier otro ambiente donde le toque desarrollarse como persona.

Pensar que la educación moral y cívica es baladí es no haber captado la profundidad del problema en el que vivimos, o haber vendido el interés a la impaciencia. Bien reza el dicho que el mejor momento para haber sembrado un árbol fue hace veinte años… Por una vez que se piensa a futuro en lugar de estar poniendo parches y remiendos en un destartalado presente, no me parece justo criticar simplemente porque se considera que solo es importante lo que resuelve problemáticas coyunturales. 

El quid de la cuestión no es si se debe o no impartir la asignatura, sino quién diseña el currículum, capacita a los profesores, dota de recursos las escuelas, interpreta el espíritu de los tiempos y adecua contenidos y métodos pedagógicos, conoce las nuevas sensibilidades y los nuevos modos de aprender, evalúa el resultado anual del desarrollo de los nuevos programas… ¿quién? Pero eso es harina de otro costal. 

Por ahora, como siempre, la clave sigue siendo los profesores. Hoy ya no importa tanto cómo enseñamos o qué enseñamos, importa más quién es el profesor. Hace años se trabajaba en un contexto de escasez de conocimientos, ahora la realidad es que estamos invadidos, sobrepasados de información. De poseedor y distribuidor, el maestro ha pasado a ser administrador. 

Quien entiende el mundo del que vienen sus estudiantes, y el mundo para el que debe prepararlos, será un magnífico educador: necesitamos, en el fondo, profesores innovadores que despierten capacidad innovadora ¡esa sí que sería una estupenda contribución a la moral y cívica de nuestros jóvenes! 

El reto es serio: reinventar la educación para la era de la innovación. Nos jugamos mucho en hacerlo o no. Si la Moral y Cívica son el principio… bienvenidas sean. 

*Columnista de El Diario de Hoy.
@mayorare