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Mirar hacia adelante

Después de oficializado y formalizado el resultado de las elecciones presidenciales, hay que ver hacia adelante y tomar la palabra a los nuevos gobernantes electos, que prometen diálogo, que piden unidad y que ofrecen concertación con el sector privado e impulso a las inversiones.

Más allá de las palabras y las promesas, es importante que haya signos de conciliación y apertura, como ha pedido la Iglesia Católica.

Los obispos salvadoreños, reunidos en la Conferencia Episcopal (CEDES), han razonado bien un hecho: los votos se distribuyeron prácticamente en partes iguales para que tanto el partido oficial como el opositor trabajen unidos por el bien del país, una sabia decisión del pueblo… y "vox populi, vox Dei".

El nuevo gobierno debe buscar el entendimiento con la oposición, por el caudal ciudadano que representa. Es un error pensar de manera simplista que el FMLN se le impuso solamente a ARENA o que la lucha era de la exguerrilla contra diez miembros del COENA.

No. Detrás de ellos hay millón y medio de salvadoreños --no todos areneros-- que se expresaron en las urnas y merecen ser escuchados y que no quieren un sistema radical como el de Venezuela, donde no se respeta el Derecho ni la ley. Sólo basta ver que un dirigente de la oposición, Leopoldo López, está preso desde hace varias semanas sólo porque a alguien se le ocurrió que él debe responder por las muertes en las protestas.

De igual manera, a María Corina Machado se le quitó de un plumazo la diputación sólo porque se atreve a denunciar en la OEA la represión chavista, sin seguirle el debido proceso ni escucharla ni vencerla en juicio con arreglo a la ley.

En un sistema democrático y regido por leyes primero se abre un proceso, se "individualiza" o establece la participación de una persona en un hecho delictivo, se le da el derecho de defensa y audiencia y por último, si es el caso, se le sanciona mediante jueces imparciales. No es al revés: primero se me viene a la cabeza que él es culpable y luego averiguamos.

Esos son los temores que tiene esa no despreciable mitad del electorado y que los nuevos gobernantes deben disipar, hacerle sentir que gobernarán sin revanchismos ni dogmatismos estalinistas, que no harán purgas ideológicas en los ministerios y dependencias públicas ni buscarán aplastar a la oposición, que combatirán la corrupción y la compra de voluntades y la impunidad de funcionarios que no dan a conocer sus gastos y viajes.

El presidente electo, Salvador Sánchez Cerén, ya aclaró que su modelo no será Cuba ni Venezuela, pero es importante que también sus colaboradores y gabinete y su partido lo entiendan así, pues es fácil decir que como "el pueblo los eligió", tienen carta blanca para hacer lo que quieran.

No. Deben entender que no fue "todo el pueblo" y merecen atención y respeto quienes no comparten su ideología. En contraposición, ARENA debe tomar atención al mensaje de la mitad del electorado que cuestionó sus actos y forma de gobernar, tomarle la mano que le han extendido las autoridades electas y ponerse a trabajar para hacer una mejor oposición.

Mal mensaje enviaría el nuevo gobierno si inicia una cacería de brujas y trata de aplastar a la oposición.

Es importante recordarles que en un sistema democrático es necesario el balance, los pesos y contrapesos, como en las relaciones internacionales, para el caso Francia no deja de ser aliada de Estados Unidos porque a veces vote en contra de este último, sino que lo hace para garantizar un sano balance en el concierto mundial.

El nuevo gobierno recibe un país, más que dividido, polarizado, testigo de tantos males viejos y recientes, empachado de propaganda y retórica de odio y descalificación, asombrado de ver tantas violaciones a la Constitución y a la ley en el aparato estatal, que si las perpetrara un ciudadano de a pie, recibiría todo el peso de la ley, pero como son los que están arriba, se quedan impunes. La gente observa.

Lo que los salvadoreños realmente necesitan es trabajo, educación, seguridad, salud, desarrollo, superación personal y profesional, que cese la ola de muerte y delincuencia por la que cada quien sabe a qué horas sale, pero no si va a regresar a su casa por la noche.

Lo que los salvadoreños necesitan son hechos más que palabras.