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Migraciones y remesas: ¿Un obstáculo o una oportunidad para crecer?

El modelo económico que se viene impulsando en el país desde 1989 tenía como objetivo principal lograr tasas de crecimiento robustas y sostenidas a partir de la ampliación y diversificación de las exportaciones intensivas en el uso de mano de obra. Un balance veinticinco años después muestra, sin embargo, que las variables más dinámicas no han sido las exportaciones de bienes y servicios, sino las exportaciones de personas y las remesas que estas envían a sus familiares. Tan es así, que para entender cómo funciona la economía salvadoreña ahora es indispensable examinar los distintos flujos creados alrededor de la población que se va.

Uno de los datos más impactantes es que en las últimas tres décadas, de cada tres personas nacidas en el país que se insertaron al mercado laboral, dos lo lograron afuera. Producto de ello, los ingresos generados únicamente por la población salvadoreña que reside en los Estados Unidos superan ya los US$ 60,000 millones, equivalentes a más de dos veces el valor del PIB que se genera en el territorio nacional y a alrededor del 0.5% del PIB estadounidense.

Además, las remesas que envían los migrantes se han convertido en la principal variable de la macroeconomía nacional. Actualmente, su valor equivale al 16% del PIB, al 85% de las exportaciones (incluyendo dentro de estas únicamente el valor agregado neto de la industria de maquila), al 41% de las importaciones, a más de ocho veces el valor de la inversión extranjera directa, al 106% de la carga tributaria, a dos tercios del presupuesto general de la nación, a dos veces el valor del gasto público en salud y educación, y al 80% de la brecha comercial.

Adicionalmente, el binomio migración-remesas ha generado dinamismo y prosperidad en una diversidad de actividades económicas tales como el transporte aéreo y el tráfico telefónico internacional, los servicios de transferencias de remesas, el turismo, las exportaciones de productos de consumo étnico o nostálgico, las microfinanzas, la venta de propiedades y hasta la provisión de algunos servicios odontológicos, médicos y legales.

La dinámica de las remesas también ha permitido que pese al lento crecimiento de la economía, el ingreso per cápita real de la población salvadoreña sea ahora 30% superior al registrado en 1978 (antes de que estallara el conflicto armado) y 85% superior al de 1989. Estos datos indican que El Salvador cuenta con más ingresos que nunca para financiar su desarrollo, con la ventaja de que la parte correspondiente a remesas, por ser percibidas mayoritariamente por sectores de bajos ingresos, poseen un efecto multiplicador muy alto. Estudios realizados para México en 1988, antes de la apertura de su economía, por ejemplo, estimaron que el valor del efecto multiplicador de las remesas para ese país era de 3.25. Si ese mismo multiplicador fuese aplicado al caso de El Salvador, en 2012, las remesas de US$3,911 millones hubiesen generado un aumento en el PIB de US$12,710 millones, es decir, 28 veces superior al aumento de US$446 millones que experimentó el PIB entre 2012 y 2013.

La gran interrogante que inmediatamente surge es: ¿por qué no se ha aprovechado esta oportunidad?

La respuesta es sencilla: porque las políticas implementadas para acompañar el flujo creciente de remesas, en vez de estar orientadas a incentivar la producción nacional, el ahorro y la inversión, han estimulado el consumo y las importaciones. Por ejemplo, se abarataron las importaciones a través de una apertura comercial agresiva; se cambió la estructura de subsidios, los cuales antes favorecían a la producción, mientras que ahora se destinan principalmente al consumo; las políticas de desregulación financiera han conducido a un creciente endeudamiento de los hogares, a tal punto que los créditos al consumo pasaron de representar el 3% de la cartera crediticia en 1990 a 29% en la actualidad; finalmente, el Estado, en vez de aprovechar los aumentos en la carga tributaria para reducir su deuda y aumentar la inversión pública, ha expandido el gasto corriente e incurrido en niveles crecientes de endeudamiento.

No es casual entonces que El Salvador registre actualmente la séptima tasa más alta de consumo privado como proporción del PIB en el mundo y que también se encuentre entre los 10 países con mayor déficit comercial.

¿Qué hacer? Simplemente cambiar el marco de políticas públicas, introduciendo impuestos y tasas que desestimulen el consumismo y las importaciones, cuya recaudación se utilice para incentivar el ahorro, la inversión y la producción de transables (exportaciones y sustitución de importaciones).

Se puede salir del estancamiento económico, pero no si seguimos haciendo lo mismo.

*Economista jefe del PNUD.