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Miedo a no tener miedo

No hay duda de que el fuego pensado quema más que el fuego real. Los directores de las campañas electorales y los publicistas lo saben perfectamente, y por eso no es de extrañar que las últimas campañas se hayan basado más en el miedo, en los sentimientos, que en la razón.

Dentro de poco comenzaremos de nuevo con la propaganda, esta vez destinada motivarnos para que votemos por alcaldes y diputados.

Si otra vez desentierran clichés y estereotipos, será señal de que seguimos anclados en un pasado que deberíamos superar. Las cosas han cambiado: los poderosos de antes van siendo sustituidos por sus adversarios, algunos caciques económicos están viendo qué hacer para sostenerse en sus tronos, mientras otros iguales que ellos en muchos aspectos, pero que se presentan como diferentes, quieren desbancarlos para sentarse en la cúspide y no sólo tener mucho dinero, sino gozar de esa vertiginosa sensación que da el poder.

Pero algo está cambiando. La popularización de la información a partir de periódicos electrónicos y redes sociales, que proporcionan no sólo más información sino una infinidad de perspectivas y puntos de vista, hacen que la sociedad ya no se resigne sin más, y se vaya volviendo más exigente (no todo lo que debería, claro está) con el trabajo de las instituciones y con quienes están al frente.

Las mentiras, las cortinas de humo, la propaganda siguen surtiendo efecto, pero cada vez más hay quienes las reconocen como tales. Quizá porque los hechos: obras inconclusas, número de asesinatos, vecinos y parientes extorsionados, desempleo, barrios populosos dominados por las pandillas, etc., traen rápidamente a la realidad a quienes siguen teniendo fe ciega en que los políticos, sean del signo que sean, tienen "súper poderes" (con sus pecadillos disculpables, claro está) que los hacen capaces para resolver cualquier problema.

El inconformismo está cundiendo. El miedo (al neoliberalismo o al comunismo, a la corrupción o a la incapacidad administrativa) puede ser motivación en el corto plazo, pero en el largo y en el mediano se imponen los hechos. Ninguna sociedad cambia y evoluciona atenazada por el miedo. El miedo, por definición, paraliza. Las ideas y las convicciones, en cambio, dan alas a las personas.

Por eso, cualquier partido político que vuelva a sacar el petate del muerto y pretenda --como estrategia electoral-- volver a asustarnos, cometería un error.

A la hora de votar por un candidato a diputado, por ejemplo, remitámonos a los hechos. Revisemos qué dijo, qué hizo y qué promete. Habrá que conocerlo por sus frutos, por las decisiones y leyes que ha votado, si es el caso de una reelección, o por su trayectoria profesional y moral si es un candidato que nunca han ocupado un curul.

Pero los políticos también sufren miedo. Miedo al cambio. Principalmente aquellos fosilizados, paralizados, instalados en un mundo que ya no es. Prefieren la tranquilidad del inmovilismo al riesgo de hacer las cosas de manera diferente. También a ellos les paraliza el miedo al cambio de costumbres, al cambio de reglas, a dejar de pertenecer al grupo que les da cobijo y confianza en sí mismos, al grupo en el que otros piensan por uno, y le dan hechas las decisiones. Por esos no hay que votar.

Por definición los seres humanos somos plurales más que iguales. Las masas uniformadas son rebaños obedientes que reaccionan al grito del pastor, al miedo. A la sociedad plural la guía la libertad, el pensamiento diverso. Sólo atreviéndonos a ser libres, y para eso estando informados y con un criterio propio formado, podremos dejar de tener miedo a tener miedo, y votar con mayor responsabilidad.

*Columnista de El Diario de Hoy.

@carlosmayorare