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La mejor carta de presentación

El primer ministro noruego, el laborista Jens Stoltenberg, se puso el uniforme obligatorio de taxista y condujo un carro de alquiler por las calles de Oslo para conocer mejor las opiniones de los ciudadanos, el pasado junio.

El vehículo estaba equipado con cámaras ocultas para grabar las reacciones de los pasajeros y posteriormente se les informaba. Algunos de los "clientes" fueron elegidos al azar, pero otros fueron llevados al taxi sin saber que el conductor sería Stoltenberg.

Nada mejor para un gobernante que mezclarse con la gente y conocer "in situ", a viva voz, sus pensamientos y dónde le aprieta más el zapato. Se conoce más así que desde mesas de honor, curules de directivos legislativos, ceremonias rigurosamente preparadas o desde monótonos y agresivos monólogos en programas de radio.

"Para mí es importante escuchar lo que la gente piensa de verdad", declaró Stoltenberg, que iba impecablemente uniformado con un carné que le identificaba como uno de los conductores de la compañía Oslo Taxi.

El contacto con la gente es la mejor encuesta. Sentarse a hablar con personal de servicio de gasolineras, almacenes, restaurantes, con el lustrador de zapatos o con el dueño del taller. Yo lo he comprobado: en un inicio hay timidez, pero luego comienzan a desahogarse por la delincuencia, las carestías, la falta de trabajo, etc.

Varias veces hemos instado a los funcionarios a caminar por las calles de San Salvador y enterarse en el terreno cómo piensa la gente y dejar de sentirse únicos portadores de la verdad y los sentimientos del pueblo, los únicos "progresistas". Pero les falta humildad y disposición a sudar y ensuciarse si es necesario con tal de identificarse con los ciudadanos de a pie.

La mejor lección para ellos es la proverbial austeridad y sencillez del presidente izquierdista de Uruguay, José Mujica, por las cuales incluso le impidieron ingresar a la regia recepción por la investidura de su colega paraguayo, Horacio Cartes.

Cuando llegó Mujica al almuerzo oficial, la seguridad presidencial paraguaya le vedó el acceso porque, según ellos, no iba vestido para la ocasión, sino como una persona común y corriente, sola y sin acreditación.

En seguida, se hizo un alboroto en el que se les caían las caras de vergüenza a los organizadores, sobre todo ante la argumentación de la seguridad que "sabíamos que Mujica era sencillo, pero no tanto…".

El presidente uruguayo, con su conocido sentido del humor, se limitó a excusarlos: "Nos los culpo. Si yo viera que alguien como yo quiere entrar solo a semejante lugar, tampoco lo dejaría…", generando la carcajada de los presentes.

No quiero comulgar con los populistas y los demagogos, pero creo que nuestros pueblos se merecen de esos "hombres y mujeres comunes y corrientes", no mentirosos, opulentos y con aires de emperadores.

Recuerdo que cuando yo estaba pequeño se comentaba mucho que el presidente, el coronel Julio Rivera, salía en su motocicleta sin mayor custodia y así iba al mercado o que otro de sus sucesores, también coronel Arturo Armando Molina, visitaba diariamente un pueblo del interior del país para abrir una escuela o inaugurar una obra.

Con todo y lo que se criticó tanto a los militares por las violaciones a los derechos humanos, que también fueron cometidas por la guerrilla del FMLN según la Comisión de la Verdad de la ONU, pero me parecieron más sinceros y comprometidos que lo que tenemos ahora.

Repartir dinero nunca resolverá los problemas de la gente, que no quiere que les den pescado, sino que les enseñen a pescar y que les den empleo y seguridad.

La mejor carta de presentación que esperan los pueblos de sus gobernantes es su accesibilidad, su capacidad de sentarse con la gente y escucharla y su disposición a resolver sus problemas, sin promesas huecas ni mentiras piadosas.

Para ello es necesaria la humildad y el desprendimiento. Si no los tienen, no pueden llamarse "progresistas".

*Editor subjefe de El Diario de Hoy.