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Mauricio y la fábrica de empleos

Finalizados cuatro años de gobierno de Mauricio Funes, sólo le queda ir preparando maletas y enfrentar el juicio de la historia, lo que se le vuelve particularmente difícil, porque como gobernante, incumplió las mil y una promesas de campaña que ofreció, y como persona, exhibió un estilo de vida insultantemente ostentoso ante la miseria en la que viven miles de salvadoreños y contrario al discurso que siempre le caracterizó.

Quizá el más grande de sus fracasos se produjo en el campo de la generación de empleos, a pesar de la promesa contenida en el plan que denominó "La fábrica de empleos", que pretendía generar 100 mil nuevos empleos.

En el discurso de cuarto año de gobierno ante la Asamblea Legislativa, que resultó ser más una diatriba egocéntrica que el discurso de un estadista, Funes se ufanó de haber creado ochenta mil nuevos empleos basándose en cifras de los nuevos afiliados del Seguro Social y no en datos concretos de inversión estatal, la cual, se ha visto sustancialmente reducida a lo largo de todo su gobierno, al punto de que nunca se logra ejecutar el presupuesto de inversión pública.

En otra ocasión, al ser cuestionado sobre dicha promesa, aclaró que al hablar de los famosos 100 mil empleos, se refería a los puestos eventuales de trabajo que se generarían con la elaboración de zapatos y uniformes escolares.

La aspiración legítima de todo salvadoreño es trabajar y ganar honradamente su salario, un salario digno, que llene todas sus necesidades fundamentales junto a su familia. Y esa legítima aspiración se ha visto frustrada en miles de hogares durante el actual gobierno, ya sea porque sus fuentes de trabajo se cerraron, porque tuvieron que ingresar al mercado informal del empleo o porque nunca se abrieron.

Pero al incumplimiento de esa promesa, se suman las miles de fuentes de trabajo cerradas por la emigración de capitales ante la falta de condiciones para la inversión privada, internacional y nacional.

Es contradictoria la actitud del Presidente y del gobierno de turno con la empresa privada, mientras por otro lado otorgan privilegios a nuevas formas de inversión encabezadas por Alba Petróleos, sin olvidar los nuevos privilegiados en las áreas de seguridad, comercio, comida rápida y otros rubros de la economía.

El salvadoreño, históricamente, ha aspirado a ganar el pan con el sudor de su frente, no a vivir para recibir limosnas como cree el actual gobierno que se combate la problemática social.

Nadie puede negar que la agricultura y la industria pasan el peor momento de su historia, y el sector de comercio y servicios subsiste gracias a los cuatro mil quinientos millones dólares que los emigrantes envían anualmente a sus familiares. Esto deriva en otra situación: muchos salvadoreños ya no quieren trabajar porque han crecido en una cultura de la mendicidad y de la remesa, que irremediablemente llevan al consumismo desmedido.

El Salvador sólo produce personas para la exportación y sus gobernantes no se sienten capaces de hacer un llamado a los emigrantes a regresar a su país, porque no tienen nada que ofrecerles y aquí sólo les espera la pobreza y la desesperanza, y sin sus remesas, el gobierno es incapaz de mantener a flote la economía nacional.

Quizá no hay que llegar a la medida extrema tomada por el Presidente Roosevelt de contratar unos ciudadanos para abrir hoyos y a otros para cerrarlos, pero se debe generar una política de apertura de plazas de trabajo por dos vías: estableciendo condiciones favorables de inversión privada y sustituyendo los gastos innecesarios en el aparato estatal por una inversión pública eficiente.

*Colaborador de El Diario de Hoy.