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Matrimonio, política y sociedad

Si hay un argumento en el que coinciden liberales, socialistas y radicales es en asuntos de moral pública. Concretamente en rechazar regulaciones legales para esos temas. Para los primeros, porque les revienta que el Estado se meta a legislar fuera de cuestiones económicas o de seguridad; para los socialistas, porque todo aquello que deje fuera minorías les suena a injusticia; mientras que los radicales, simplemente se oponen a cualquier cosa que huela, aunque sea de lejos, a autoridad.

Algo de esto hemos visto en las redes sociales y en algunos artículos de opinión a manera de reacción, débil reacción, a la reforma constitucional aprobada la semana pasada. Esa que intenta dejar plasmado en el texto constitucional que el matrimonio es asunto de "hombre y mujer así nacidos", y que queda esperando una ratificación por mayoría calificada de la Asamblea Legislativa entrante.

Un buen análisis del matrimonio debería tomar en cuenta esa forma de sentir ahora tan popular: si antes, en los valores en boga, se daba primacía a la verdad pero se olvidaban de la compasión; en el mundo actual, por contraste, no es infrecuente que se dé tanta importancia a la compasión, que nos olvidemos de la verdad.

De allí se desprende un sentir bastante generalizado, que lleva a mirar la existencia humana como si fuera una narración espontánea, una improvisación continua, que transcurre de la misma manera --más que como algo con sentido, con dirección--, por poner un ejemplo, que una inundación. Antes la vida se veía como un río, encajonada por unos márgenes, confinada por una madre, que llevaba el agua al mar; ahora, estirando la comparación, se tiende a tener un concepto de la vida como el de un auténtico desmadre, un fluir sin orden ni concierto que al final termina por echar a perder la vida misma.

Si uno intenta hablar de principios, de verdades, o de la naturaleza de algo, sencillamente no se le entiende. Si se intenta hablar de la naturaleza del matrimonio, te dicen que cada uno tiene su idea, su vivencia, su existencia. Que no hay un patrón determinado, ni un guion que seguir. Que lo importante es que cada uno sea feliz y que no patee la felicidad del vecino.

Entonces, para unos el matrimonio es un compromiso, para otros un sentimiento, para algunos es nada. Se puede dar entre personas de diferente sexo, o del mismo sexo. Puede ser algo propio de parejas, o estar abierto a más personas. Puede ser definitivo, o su duración estar sujeta a la voluntad de los "miembros".

Y si uno intenta encontrar y defender lo que el matrimonio realmente es, de buscar la verdad acerca del matrimonio, lo tachan de intolerante o radical, y la discusión queda "zanjada"; al menos unilateralmente.

No comparto que la vida humana vaya simplemente pasando (ni siquiera la vida de los seres irracionales va meramente ocurriendo) y que lo propio sea, ingenuamente, dejarla discurrir. De hecho la autora del guión de la vida es la libertad humana, una trama abierta, sí, pero libreto al fin. Y la libertad, como es bien sabido, no subsiste sin la verdad.

Si no hubiera verdades fundamentales, no podría haber responsabilidad, pues es imposible comprometerse, y ser consecuente ante lo liviano, ante lo volátil. Si así fuera, mejor que cada uno crea lo que quiera y siga su camino, él solo, ella sola, eso sí, porque sin un punto común, un principio básico y compartido en qué creer, es imposible vivir en sociedad.

En este tema nos jugamos mucho más de lo que parece. La institución matrimonial resulta ser uno de los baluartes de la capacidad humana de comprometerse, ésta, indispensable para vivir en paz.

*Columnista de El Diario de Hoy.

@carlosmayorare