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Más que el instinto

El día fue agotador y da la impresión de estar profundamente dormida. Pero basta un tenue gemido o una mínima señal de incomodidad del niño para que la madre abra los ojos, se ponga alerta y, sin prestar atención a otra cosa, vaya a ver qué le ocurre. Sin duda, una capacidad sensorial sorprendente. Los hombres, aunque seamos padres, no la tenemos, al menos no en el mismo grado. Puede que ocasionalmente hayamos sido testigos de estos movimientos nocturnos, y puede que el sentido de solidaridad haya hecho que colaboremos, pero debemos reconocer que la mayor parte de veces ni nos dimos cuenta pues estuvimos más dormidos que osos en plena fase de hibernación.

Eso que desde hace mucho tiempo se conoce como instinto maternal se manifiesta de múltiples formas y, aunque sea algo natural, nunca deja de producir admiración. Este instinto que lleva a las madres a cuidar a sus hijos es muy poderoso, más que el de supervivencia, el más fuerte de los instintos individuales.

Resulta evidente que el sentir crecer y dar vida a un nuevo ser es un estímulo muy significativo para crear vínculos intensos. Pero hay otros factores, además de los predominantemente psicológicos, que contribuyen. Y la ciencia ha comenzado a entenderlos. En los últimos años, apoyados por las nuevas tecnologías de imágenes funcionales, los científicos han hecho descubrimientos muy interesantes, que si bien no lo explican todo, al menos dan luz sobre las hasta ahora inexplicables cualidades maternales. Se ha determinado, por ejemplo, que ciertas zonas cerebrales de las madres crecen después del parto. La sustancia gris de zonas como el hipotálamo, la amígdala cerebral, el lóbulo temporal y la corteza prefrontal experimentan un aumento de tamaño y función en este período. Dichas áreas están relacionadas con las emociones, el razonamiento, la agudeza sensorial y la conducta de recompensa. El efecto de estos cambios es una mayor motivación para cuidar a los hijos y mayor capacidad para hacerlo. Una curva de aprendizaje más rápida explica cómo madres primerizas, temerosas de sus aptitudes para el cuido, se vuelven expertas cuidadoras en cuestión de semanas.

Otro hallazgo que da qué pensar se relaciona con las células pluripotenciales. Siempre hemos creído que en el periodo de gestación todo fluye en un solo sentido, de la madre al feto. Esto es cierto para una gran cantidad de sustancias, como nutrientes, oxígeno, etc. Pero no es toda la historia. Recientemente se ha descubierto que el feto transfiere células pluripotenciales (llamadas así porque pueden convertirse en cualquier tipo de célula) a la madre. Estas células se asientan en diferentes órganos, entre ellos en el cerebro, donde se convierten en neuronas. Dado que las neuronas son permanentes ello implica que las madres llevan durante toda su vida neuronas de sus hijos. El efecto de esto no está aún claro pero da lugar a interesantes especulaciones.

La ciencia nos permite ir explicando los fenómenos que se dan entre las madres y sus hijos, pero está aún lejos de explicarlo todo. Porque definitivamente hay algo más que meros mecanismos fisiológicos o químicos. El amor incondicional de una madre transciende lo físico y llega a lo espiritual. Y eso no lo puede explicar nadie.

Cuando vemos la devoción hacia nuestros hijos o recordamos con nostalgia la de nuestra madre, las explicaciones sobran y solo queda agradecer. Felicidades en su día, y gracias por ser así.

*Médico psiquiatra.

Columnista de El Diario de Hoy.