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El marxismo y sus nuevas utopías

Hace 25 años una multitud con sentimientos mezclados de alegría y rabia derribó el Muro de Berlín. Predominó el regocijo mundial ante el final de la era de una Alemania partida en dos.

Previo a ese hito histórico temores se apoderaron de muchos ante la opresión comunista y la amenaza de una guerra que podría brotar en Alemania e involucrar a toda Europa, latente por una Guerra Fría desde 1945. A estos temores se sumaron los de carácter moral, ideológico y geopolíticos. Al igual que en todo momento decisivo propio de coyunturas políticas, estos miedos se convirtieron en una mezcla interesante. Años más tarde se pudo constatar la bancarrota moral y política del sistema soviético socialista, una implosión que provocó grandes reformas políticas y económicas.

Sin embargo, es de reconocer el poder seductor del marxismo durante el Siglo XX, así como lo aterrador del poder soviético. Para muchas generaciones, sobre todo la juventud intelectual, el marxismo no fue una forma exótica para instaurar una dictadura, sino una explicación convincente del mundo. Lo tomaron como un imperativo moral que convirtió a muchos jóvenes en multiplicadores de este pensamiento en las escuelas y universidades. Los ideólogos llevaron a la juventud a realizar la XI tesis marxista sobre Feuerbach (1845): "Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo".

Algunos marxistas, en lo que se llamó la Nueva Izquierda, adoptaron esa tesis con pasión. Un pequeño segmento de la nueva izquierda, en Europa y Latinoamérica, con el apoyo de la inteligencia soviética, tomó acción directa y tomó riesgos, y se impusieron las revoluciones para la obtención de objetivos políticos nacionales y también geopolíticos.

Sin embargo, el marxismo enfrentó la reacción como ideología, el repudio de la ideología general que defendía el status quo. Podríamos decir que con el marxismo se dio la culminación de la Ilustración europea, no sólo porque el marxismo tenía la idea más extrema de la igualdad al adoptar como propio las viejas ideas socialistas, sino también porque era despiadadamente consistente como teoría. Tenía puntos de vista no sólo sobre la política y la economía, sino también sobre el arte, la familia y la educación de los hijos, los métodos de labranza, el deporte e incluso el amor. La ideología marxista tenía puntos de vista sobre todo y con el poder de estados a su disposición no había nada fuera de su ámbito de competencia. Incluso fueron estados que declaraban la libertad religiosa e imponían su visión atea del mundo.

Pero la verdad histórica de fines del Siglo XX fue que el marxismo no sólo fue incapaz de crear el Hombre Nuevo y la sociedad de su utopía, sino que incluso tampoco motivó a la nueva izquierda. El marxismo en la práctica nunca logró escapar de la realidad primordial de la condición humana. Y no me refiero como Hobbes al interés mezquino o la corrupción (Homo homini lupus). El marxismo no logró imponer a la comunidad como el fundamento de la existencia humana, por encima del individuo. Incluso no impuso como lo más importante la clase, la defensa del obrero.

Con la caída del Muro, se hicieron añicos los sueños de la Ilustración. Los jóvenes marxistas de Berlín confundidos por una historia que no podía ajustarse a sus esquemas mentales, ahora trabajan en trasnacionales como Siemens o Deutsche Bank, o tal vez en Bruselas.

El Salvador no escapa de esa realidad, legendarios marxistas hoy son emprendedores, partícipes de petro-negocios y altas esferas de gobierno, enfrentando protestas de sobrevivientes quienes otrora fueron sus combatientes por la utopía socialista.

* Colaborador de El Diario de Hoy.

resmahan@hotmail.com