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Maldito cáncer

Maldito. Aún indomable por el ser humano, invades nuestro cuerpo, devorando todo lo que encuentras en tu camino. Zzzztttttt, suena la radiación que dispara la ciencia para eliminarte. Dejas la zona de ataque por un tiempo, pero regresas a alimentarte de otro órgano, quizás hasta más sabroso. ¡Glotón! ¡Asesino! Dios me dé vida para ser testigo de la medicina que, finalmente, te tuerza el brazo.

Semejante demonio que además de cuerpos, doblas naciones, frenando su energía, dispersando su población, aumentando la pobreza, inyectando el veneno de la muerte, fomentando el odio entre hermanos.

El Salvador es país independiente desde 1821 y, en 194 años de historia, ha liberado varias batallas contra el maldito cáncer. Durante mi existencia, sobresalen tres:

-- El segundo quinquenio de los 70?s, cuando se cocinaba el inicio de una guerra entre hermanos, llevándose a mi padre de encuentro.

-- Los siguientes 12 años de ataque intensivo contra nuestra vitalidad e infraestructura, segando 70,000 vidas y detonando un masivo éxodo.

-- El actual período de vacas flacas, emigración gorda y obeso sentimiento de capa caída.

¡No a las vacas flacas y a las capas caídas!

El bien siempre le ha dado riata al mal, lee un "post"; la esperanza es lo último que se pierde, dice un tuit.

Recordemos el final del segundo episodio arriba descrito. Cientos de postes y puentes derribados (hasta el De Oro), nuestra economía semimuerta (como la actual), ofensivas "hasta el tope" (que no toparon), profundas heridas.

En enero del 92, sale el sol tras el histórico apretón de manos en Chapultepec. El bien y la esperanza llenaron a Chamba de adrenalina, tendimos puentes, nació la bendita democracia, florecieron las oportunidades.

RRHH de empresas y organismos como La Constancia, TACA, Fusades y AID, se peleaban por el mejor talento. Los que tuvimos la suerte de tomarnos la foto con la toga en tierras lejanas, atendimos el llamado, regresando a un país que celebraba la vida, harto de una docena de abriles en los que la muerte bailaba sin piedad.

Un país de clima insuperable, de mucha más gente buena que mala, de "ay nomasito", de cielos de púrpura y oro.

Cielos bajo los cuales tuve la suerte de encontrar la mejor media naranja, para juntos tener un par de saludables naranjitos (y varios chuchitos).

De tales palos, tales astillas. Los naranjitos aprendieron a amar a su país y a su gente, a visualizar el rayo verde que sale justo cuando se pone el sol, a reconocer la diferencia entre maíz y harina industrial en las pupusas.

Seguido escucho un decir de media verdad: "Qué bueno que tus hijos estudian fuera, qué van a venir a hacer aquí". Verdadera la dicha de tener acceso a educación de Primer Mundo. ¡Falso, pues aquí hay mucho por hacer!

Desde 2009, sufrimos un nuevo episodio de cáncer que rebalsa de odio, apaga corazones, detiene nuestro crecimiento, multiplica la pobreza y estimula la fuga de talentos.

"No hay mal que dure cien años", se lee un grafiti en la de Holguín. Realidad y consuelo por semejante tensión cultural de capa arrastrada que estamos sufriendo.

Se siente, se siente; la población se está poniendo las pilas para superar esta nueva congoja. Sus ganas de vivir en libertad, le han hecho defender la democracia contra viento y marea. Al ataque una nueva oleada de doctores legislativos y municipales, ojalá sin tanto despilfarro, corrupción y descaro como algunos de los que se van.

¡No desmayemos! Ahora más que nunca tenemos que echarle ganas para recuperar músculo, volver a ponernos chapuditos.

Que brille la luz al final del largo túnel de otro episodio del maldito cáncer.

Y que mis naranjitos, y tanta materia gris que nos ha abandonado, regresen a sacarle el jugo a la vida en la tierra que los vio nacer.

*Colaborador de El Diario de Hoy.

calinalfaro@gmail.com