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La maldición de América Latina

La crisis que se está cerniendo sobre Latinoamérica como resultado de la caída de los precios de los productos primarios es un recordatorio de cómo la supervivencia de los caudillos populistas ha condenado a nuestros países a la miseria

Hay una vieja expresión que dice que Brasil es el país del futuro, y siempre lo será. Desafortunadamente, el dicho puede aplicarse a la América Latina.  desde hace cuatrocientos o quinientos años, los países de la región importaron la cultura europea y ya para la independencia sus elites estaban en gran medida integrados a dicha cultura, generando expectativas de que sería la primera de las regiones subdesarrolladas del mundo en incorporarse a la Revolución Industrial que estaba transformando a Europa y Estados Unidos durante el Siglo XIX.
 
La magnitud de las expectativas que las nuevas republicas levantaron en los observadores extranjeros al momento de su independencia puede apreciarse en el siguiente párrafo, escrito por dos médicos suizos que visitaron Paraguay en 1819 y fueron forzados por el siniestro dictador doctor José Gaspar Rodríguez de Francia a quedarse en el país hasta 1825.  

“En una era no muy remota, quizás, las repúblicas de Sur América pueden esperar un alto grado de prosperidad, y volverse capaces de ejercer una saludable influencia sobre los gobiernos de Europa…Por esta razón la importancia de Paraguay no debe ser estimada por su condición presente, sino por el elevado estado de desarrollo que con toda probabilidad va a alcanzar…”

Estos suizos pensaron que los países de América Latina iba a progresar mucho más rápido que Europa porque no tenían el lastre de noblezas y aristocracias que pudieran detener su desarrollo político, social y económico.  El único problema que los países tenían que superar, según ellos, era el planteado por lo que ellos llamaban “las instituciones viciadas”, expresión que ellos usaron para referirse al caudillismo que en ese momento azotaba a la región.  Estos médicos suizos sin duda se sentirían muy desconsolados si pudieran ver que las instituciones viciadas se han mantenido iguales por doscientos años después de su triste experiencia en Paraguay. Caudillos como el Dr. Francia han llenado la historia de Latinoamérica.  Son personas que surgen para prometer a la ciudadanía la riqueza instantánea, la solución de todos los problemas, el nivel de desarrollo de los países desarrollados sin tener que trabajar duro en la formación del capital humano que es la base del desarrollo y la riqueza.
 
Lo único que ha cambiado en la historia de la América Latina es lo que ofrecen los caudillos: del populismo de derecha del Siglo XIX al populismo de izquierda que ha prevalecido desde mediados del Siglo XX.  Pero el resultado sigue siendo siempre el mismo.  De vez en cuando surge un gobierno responsable, que pone en orden las finanzas públicas y comienza apenas a volver factibles las políticas financieras de desarrollo educativo y de salud cuando aparecen otros populistas que derrochan la capacidad financiera acumulada y vuelven a dejar a los países en crisis fiscales y monetarias.  El capital humano, entre tanto, se estanca o incluso decae, y con esto el desarrollo se vuelve cada vez más lejano.  

La crisis que se está cerniendo sobre Latinoamérica como resultado de la caída de los precios de los productos primarios es un recordatorio de cómo la supervivencia de los caudillos populistas a través de nuestra vida independiente ha condenado a nuestros países a la miseria.  Los izquierdistas que escriben libros como “Las venas abiertas de la América Latina”, que se quejan de esa dependencia en productos de bajo valor agregado, no solo no han hecho nada para mejorar el capital humano que es la base de todo desarrollo, sino que han desperdiciado los recursos que podrían haberse ocupado para mejorarlo.  El caso más trágico es Venezuela, que ganó cantidades enormes durante el boom, cantidades que derrochó en corrupción y en actividades orientadas sólo a alimentar la vanidad de Chávez, Maduro y sus altos asociados.  Pero esto sucede en prácticamente toda la región.
 
En El Salvador exportamos pocos productos primarios.  El café es apenas el 2.5 por ciento de nuestras exportaciones. Tenemos una economía más estable.  Pero tenemos el mismo problema de las instituciones viciadas, el populismo que derrocha el dinero del pueblo sin dejar nada duradero en términos de educación, seguridad y salud.  Los salvadoreños tenemos que entender que si no invertimos en eso, vamos a ser pobres por otros doscientos años, y más.

*Máster en Economía,
Northwestern University.
Columnista de El Diario de Hoy.