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El mal de ojo político

Y aunque los optimistas podemos buscar la comedia en medio del ridículo internacional que es dar gritos de golpe de Estado cuando no existe tal cosa, quizás lo hacemos para manejar la rabia. 

Si ve a algún funcionario público o simpatizante del partido oficial, ofrézcale un asiento. La educación y la caridad obligan, puesto que son prójimos que han de estar cansadísimos y padeciendo de ansiedad. Y es que ha de ser agotador pasar días enteros, hasta sumar una semana, rasgándose las vestiduras. Es más: de paso, ofrézcales una charamusca bien helada para que controlen el calor interno porque hasta les tocó marchar bajo el sol manifestándose a favor del gobierno. Sí, en defensa del gobierno. No en defensa del Estado, que con la cantidad de veces que desde el poder han arremetido contra la institucionalidad, pareciera que les trae sin cuidado. En “defensa del gobierno”, o de la abstracción que es la popularidad en las encuestas y la percepción de que tienen las cosas bajo control.

El llanto y crujir de dientes lo causan, según declaraciones oficiales de funcionarios de los que uno esperaría seriedad, las fuerzas del mal que han llamado “intentos de desestabilización” y “golpes de Estado”. Estos seguramente son una especie de “mal de ojo” político: una perfidia invisible, de la que no hay evidencia científica de su existencia, pero de la que uno se protege ocupando accesorios rojos. Y aparentemente, marchando en la calle.

Cualquiera tomándose en serio los gritos de alarma -–y es que no es cualquier cosa declarar peligro de golpe de Estado-- pensaría que en todos los índices académicos que estudian de cerca la estabilidad democrática de los países, la puntuación de El Salvador estaría desplomándose y que instituciones académicas respetables, desde Freedom House hasta Fund for Peace, además de publicaciones de interés internacional como Foreign Policy, estarían elevando la voz. Y no. No, porque tales amenazas de golpe de Estado, no existen. El –-bien débil-– cascarón institucional en el que navegamos la democracia, sigue por el momento, navegando la democracia. Hay pocos indicios de que la oposición tenga un plan diferente para acceder al poder que el de competir en las próximas elecciones y por suerte, hasta ahora no hay evidencia de que pueda derrocarse un gobierno a punta de Twitter, por mucho que se le tuitée súper duro. 

Lo que los funcionarios (incluidos el presidente y el secretario de comunicaciones Eugenio Chicas), los miembros del FMLN y sus acólitos están haciendo al rasgarse las vestiduras y llamando “golpe de Estado” o “intentos de desestabilización” a las críticas sensatas, cuestionamientos razonables y propuestas lógicas (como podría ser la creación de una CICIG), que están lloviendo desde fuera del gobierno, es el equivalente a tirarse un clavado en el área de penalti cuando en desesperación, el equipo está claramente perdiendo el partido sin conectar pie con bola.

Y aunque los optimistas podemos buscar la comedia en medio del ridículo internacional que es dar gritos de golpe de Estado cuando no existe tal cosa, quizás lo hacemos para manejar la rabia. La rabia que da, que en un país donde la democracia está costando tanto, se tomen en vano conceptos tan serios como golpe de Estado. Rabia de que equiparen las críticas que deberían tomar con madurez política y debatir con argumentos racionales con “campañas de desestabilización”. Rabia de que en un país donde los principales enemigos son el crimen que está ahogando a la población más vulnerable y el ciclo de pobreza que victimiza a tantos, se busquen enemigos imaginarios en la prensa, las redes sociales y las organizaciones de la sociedad civil. Para no sufrir con tanta rabia, mejor nos reímos. 

*Lic. en Derecho de ESEN con maestría en Políticas Públicas de Georgetown University. Columnista de El Diario de Hoy.
@crislopezg