Lee la versión Epaper
Suscríbase
Lee la versión Epaper

El mal de fondo

De modo que aunque en sus discursos parecieran decir mucho, en realidad no dicen absolutamente nada, pues la gente aprende que entre tanta paja no hay absolutamente nada, o poquísimo grano

La caótica situación del país tiene un caldo de cultivo mucho más profundo que la corrupción y la ineptitud de algunas personas para hacer lo que se espera de ellas en la vida pública. Tiene que ver con valores y principios, por supuesto, pero es aún más fundamental. Está relacionada con la incapacidad de algunos para ver la realidad sin filtros ideológicos y/o políticos, es cierto, pero a fin de cuentas, los filtros tienen su origen en lo que he llamado en esta nota el mal de fondo.

Ese mal no es otro que el relativismo sobre lo moral, extendido no sólo en las esferas políticas y económicas, sino a muchos niveles en nuestra sociedad. Si todo es relativo, si no hay principios morales que no sean acomodaticios, el corrupto no desentona con la realidad y la información y la verdad (oxígeno de la democracia) se convierten en desinformación y manipulación que envenenan las mentes y los corazones. 

Cuando se está convencido de que “todos los políticos son igualmente corruptos”, de que “ya no hay buenos ni malos”; cuando no sólo se cree, sino que se actúa en consecuencia, que “cada uno es libre para darse su propia moral”, o se defiende que “los valores no son más que acuerdos por consenso, según situaciones cambiantes”; al principio parece que se han puesto las bases para una sociedad tolerante para la pluralidad, inclusión, convivencia y respeto ciudadanos. Pero, en realidad, el efecto final, es contraproducente.

La consecuencia de una moral líquida, sin valores referencia y principios innegociables, es que los límites morales, las fronteras éticas, (que no pueden no existir), no son puestos por la recta conciencia de los ciudadanos, o los valores tradicionales sobre los cuales se ha hecho grande la cultura occidental; los pone lo político, es decir, el poder puro y duro. Y como el poder aborrece por naturaleza de la misma noción de límite, la camarilla de poderosos se cree autorizada por “la sociedad” para hacer lo que les dé la gana; aunque, a fin de cuentas, en esa ceguera moral que para ellos es clarividencia, terminen como monigotes de su mala índole.

Cuando, además, esta realidad de corrupción deja de ser minoritaria y se extiende como peste medieval, no hay país que aguante. Pierde sentido el lenguaje político: retórico, populista, ampuloso e hipócrita. Principalmente cínico. De modo que aunque en sus discursos parecieran decir mucho, en realidad no dicen absolutamente nada, pues la gente aprende que entre tanta paja no hay absolutamente nada, o poquísimo grano. 

Incluso cuando denigran e insultan a los contrarios, se inventan conspiraciones y golpes de Estado, echan las culpas a todos menos a sí mismos… nadie medianamente reflexivo los toma en serio. Sus grandes recursos: la corta memoria de la gente y la fácil manipulación sentimental, dejan de tener efecto, y toda la democracia se convierte en una cruel mascarada: en el mejor de los casos los políticos hacen como que quieren arreglar las cosas, y los electores votamos como que si les creyéramos, y en el peor abominamos de las elecciones, la política y cualquier responsabilidad ciudadana. 

Si a la impresión de que todos los políticos son igualmente cínicos y nefastos se suma la desorientación y la superficialidad con que algunos medios de comunicación pueden tratar la cosa pública, si la información se maneja con agenda sesgada, entonces la democracia -–por naturaleza imperfecta-- degenera en una actividad vergonzante que no hace más que cubrir las apariencias. Aunque, en el fondo, todos sepamos de qué va la cosa.  

Cinismo impune, entonces, fruto del relativismo moral que ha vendido el alma al poder. Ese, en realidad, es el gran mal de fondo.


*Columnista de El Diario de Hoy.
@carlosmayorare