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El lugar más triste que conocí

l lugar más triste de la guerra era el hospital guerrillero. Siempre era una casa casi destruida o bien una ramada improvisada. Allí, después de la batalla, se empozaba el dolor.

Más allá de la derrota o de la victoria, a los médicos siempre les tocaba la parte más negra: sanar terribles heridas, operar, amputar. Disputarle a la muerte, casi con las uñas, las vidas de los combatientes. A veces ganó la muerte. Y ellos, los médicos de la guerra, veían el apagón final cuando los ojos quedaban abiertos mirando sin ver.

Algunos llegaron recién graduados. Otros estaban por graduarse. Llegaron también médicos de otros países. Y aunque inspirados en la utopía de la sociedad sin clases, no llegaron a matar, sino a salvar vidas, incluso la de los adversarios capturados luego de ser heridos en acción.

Zulma tenía la piel morena y une eterna sonrisa. A falta de sueros y anestesias les decía palabras llenas de amor a los heridos: "Tranquilo mi muchachito, no le va a doler nada mi amor, esto ya va a estar cosita linda". Y se madreaba con la ganchuda: "A este cipote no te lo llevas maldita", repetía mientras remendaba con hilo y aguja las rajaduras que en la piel dejaban balas y esquirlas.

Eduardo y Emilio, ambos mexicanos, operaban a Manuel, baleado en el estómago. Llovía, y las goteras se filtraban por el desbaratado techo de la casa de adobe que servía de quirófano. Piso de tierra, cama, de cordeles. Eduardo iba diciendo en voz alta todo lo que hacía para que sus asistentes, tres muchachas campesinas que apenas sabían leer, aprendieran enfermería.

Como oscurecía, las asistentes alumbraban con lámparas de mano el triperío. Eduardo encontró las roturas del intestino y las cosió con pericia. Emilio lavó con agua y jabón aquel estropicio de órganos palpitantes. Ambos los colocaron dentro de la barriga abierta. Sacudieron al herido, como para que cada cosa quedara en su lugar y cosieron. Meses después, vi a Manuel caminando, como si nada, por las calles empedradas de Perquín.

Pablo el ecuatoriano llegó al Frente con aires de Melquíades en Macondo. Era un magnífico cirujano, pero además había estudiado acupuntura en China. Gran conversador. Curó con acupuntura dolencias reales e imaginarias y no falta quien diga que hasta males de amor.

Un día llegó desde la Alemania del Este Nila. Alta, flaca, narizona, rubia. Parecía una atleta. Pidió voluntarios para experimentar un método para operar terigiones. Quién sabe por qué razón una carnosidad blancuzca me iba creciendo en mi ojo izquierdo. Cada vez crecía más. Yo temía que me llegara a cubrir la pupila y me dejara tuerto.

Además, se veía feo. De las pocas cosas de las que me podía sentir orgulloso en mi aspecto físico era del color que mi madre heredó a mis ojos. Me ofrecí de voluntario. De todas maneras estaba en guerra. Si estaba dispuesto a perder hasta la vida, por qué no estaría dispuesto a perder un ojo. Pero estaba la posibilidad de que la cosa saliera bien.

Me encomendé a Dios. Me acostaron en un tapesco de madera, cerca de la cocina guerrillera. Un saco con una arroba de frijoles me servía de cabecera. Eduardo, el médico mexicano, iba a asistir a Nila. Cerré los ojos y me volví a encomendar a Dios.

Nila espantó una gallina que se había subido al tapesco y comenzó la operación. Me abrieron el ojo izquierdo. Eduardo me puso una inyección de anestesia sobre el ojo mismo. Jamás podré olvidar la imagen de la aguja puntuda clavándose cerca de mi pupila.

Luego, Nila tomó una hojita de afeitar recién esterilizada, a manera de bisturí. Eduardo, con una pinza levantó la carnosidad d y Nila la cortó de tajo con un solo movimiento. La operación, me anunciaron, había sido un éxito.

Quince días después me quitaron un esparadrapo. Mi ojo estaba sano y con apenas una pequeña cicatriz en lo que fue el terigión.

Algunos de los médicos murieron. Otros siguen salvando vidas. Independientemente de si la causa era correcta o no, lo cierto es que ellos dieron lo mejor de si mismos en circunstancias tremendamente adversas. Nunca pidieron nada, nunca abandonaron a un paciente y nunca dieron por perdida una batalla por la vida. El hospital guerrillero fue el lugar más triste que he conocido.

* Columnista de El Diario de Hoy.

marvingaleasp@hotmail.comE