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Lucidez frente a la barbarie

La inmensa mayoría de los intelectuales de izquierda, sobre todo en Europa, se negaba a admitir que su apoyo intelectual a la Unión Soviética hubiera contribuido a consolidar una tiranía

La semana recién pasada, a los 98 años de edad, falleció en California un intelectual que por décadas fue considerado uno de los grandes calumniadores del todopoderoso régimen soviético: Robert A. Conquest, nacido en Worcestershire, Inglaterra, en 1917. A este poeta e investigador le tocó sufrir una incesante campaña internacional de desprestigio por intentar demostrar algo que solo el paso del tiempo podía confirmar, y era que el terror del comunismo real no había sido solo producto del maniático Josef Stalin, sino que todos esos excesos se encontraban ya latentes en su propia raíz ideológica, el marxismo-leninismo.

En la época en que Conquest se atrevió a hacer esta clase de afirmaciones, el planeta se hallaba inmerso en un conflicto bipolar que también había alcanzado al mundo académico. La inmensa mayoría de los intelectuales de izquierda, sobre todo en Europa, se negaba a admitir que su apoyo intelectual a la Unión Soviética hubiera contribuido a consolidar una tiranía capaz de cometer crímenes tan repudiables.

La célebre líder socialista Beatrice Webb, compatriota de Conquest, escribió una delirante defensa de los “logros” de la URSS justo en los años en que la Gran Purga estalinista estaba en su apogeo. El ideologismo de esta brillante mujer fragilizó para siempre su comprensión sobre lo que realmente estaba pasando en la antigua Rusia, tanto así que en 1942, poco antes de morir, ella y su marido publicaron un libro titulado “La verdad sobre la Unión Soviética”, exhibiendo la peor clase de obnubilación intelectual que ambos podían concederse al final de sus trayectorias.

No menos estremecedoras resultan hoy las posturas de Maurice Merleau-Ponty y Jean Paul Sartre —por mencionar únicamente a dos pensadores franceses importantes— respecto del nivel de barbarie que era “aceptable” en el campo socialista. Aunque ya por entonces se tenía alguna información sobre los abusos del estalinismo, en 1947 aseguró Merleau-Ponty que estos métodos de terror podían disculparse en virtud de “la razón histórica” que les impulsaba. Sartre, por su lado, en una charla con Stephen Spender, se declaró a favor de silenciar estratégicamente las crueldades que pudieran estarse cometiendo en los países comunistas —como la invasión a Budapest— para no conceder armas a los críticos de la causa. “Tal vez vivimos en una situación”, sentenció, “en la que la injusticia contra una persona aparentemente ha dejado de tener vigencia”. Sobrecogedor, ¿verdad?

A fines de los sesenta, cuando Robert Conquest dio a las prensas su obra más conocida, “El gran terror”, hasta los columnistas del New York Times rechazaban que en la URSS se hubieran producido matanzas como las que el británico exponía. La primera parte del impactante testimonio de Alexander Solzhenitsyn, “Archipiélago Gulag”, aún no había conseguido evadir el sistema de censura soviético para alcanzar su primera tirada en París, así que el libro de Conquest era prácticamente la única investigación seria que había disponible para el público interesado en conocer sobre los excesos de Stalin.

Como suele suceder a los escritores que marchan a contrapelo de las modas temáticas, Conquest fue vilipendiado en todos los sentidos imaginables. Habiendo sido militante comunista en su juventud, las acusaciones de “traidor”, “pluma a sueldo” y “agente de la CIA” eran lo menos que se granjeaba en determinados círculos académicos. A él, claro, no le importaba. Sabía que la historia silenciada de la URSS, una vez liberada de fanatismos, terminaría dándole la razón.

Y tanta razón terminó dándole, que los críticos actuales de Robert Conquest se detienen en la cantidad precisa de ceros que debe asignarse al número total de muertes durante el terror estalinista, como si la evidencia de un error en los cálculos de este autor, o de cualquiera otro, sirviera para justificar lo injustificable. Las variantes en las cifras de asesinados por un régimen no restan valor a la denuncia intelectual de ese régimen. Son quienes guardan silencio frente a la atrocidad, o la excusan, los que deben ofrecer explicaciones. 
 


*Escritor y columnista de El Diario de Hoy.