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Los verdaderos criminales se carcajean de vernos

Por décadas mis colegas periodistas repitieron en sus reportes el mito de que había "presos en las cárceles salvadoreñas por robarse una gallina", algo que en mis años de editor y periodista judicial nunca vi ni nadie lo probó.

No quiere decir que no había abusos ni injusticias ni gente que burlara a la ley, pero el dato de la gallina era una ligereza.

Ahora sí podemos decir que hay un hombre condenado a 50 años de cárcel por llevarse una vaca y dos policías sentenciados a diez años de prisión por matar a un marero en el cumplimiento del deber.

El gran dilema de la justicia siempre ha sido imponer penas severas incluso por delitos menores como una medida ejemplarizante o decretar leyes draconianas, pero como un disuasivo, ya que irán acompañadas de beneficios penales por colaborar con la ley o por buena conducta.

O, como vemos ahora, descargar todo el peso de la ley en un hombre que hurta una vaca o en dos agentes del orden que repelen a un delincuente que no hubiera tenido escrúpulos en asesinarlos a ellos.

Justicia es darle a cada quien lo que le corresponde y, por muy repudiable que pueda resultarles a algunos el hurto de una vaca, me parece una medida desproporcionada imponerle 50 años de cárcel al reo, máxime si es confeso. O pretender dar una lección a partir del castigo a dos policías.

Muerto el perro, no se acabará la rabia.

Si creen que descargando todo el peso de la ley así sentarán un precedente ejemplarizante, lograrán cualquier cosa menos disuadir a los verdaderos pícaros y maleantes, que en estos momentos estarán carcajeándose y muriéndose del chiste.

A estos perfectos desconocidos les impusieron penas severas, pero a otros sólo tres años de prisión, excarcelables y convertibles a penas de trabajo de utilidad pública; a los que les descartaron el primer diseño de una represa, hay que volver a darles el segundo; a la empresa que demandó al Estado y le sacó varios millones hay que dejarla que vuelva a concursar; a los que ocultan información pública sólo que hay multarlos; al funcionario que le abre un proceso a la jueza para que no lo juzgue, hay premiarlo; a los mareros que matan, descuartizan y extorsionan hay que ir a justificarlos, contumeriarlos, condolerse por ellos y lavarles la cara hasta en los Estados Unidos.

Esto es como el caso de los policías que paran y multan al conductor que no lleva el triángulo o el extintor, pero se les pasan los que trasladan drogas, armas y hasta cadáveres o los que se roban las tapaderas de alcantarillas por las noches.

El mundo al revés, pero como país debería darnos pena, porque en la vecina Costa Rica llevan a la cárcel hasta a los expresidentes.

Ciertamente, la delincuencia no cederá sólo con mano dura, sino con la difusión de principios, valores, educación y cultura y, sobre todo, el rescate de las nuevas generaciones.

Pero los verdaderos criminales deben recibir el peso de la ley, para que no se queden carcajeándose de la justicia, de las víctimas y de todos nosotros.