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Los signos de los tiempos

Fueron clave los mensajes de Su Santidad en los temas de inmigración, derecho a la vida, el cuido del planeta, unidad y reconciliación en el mundo y el papel de los políticos en la vida de los pueblos

Quizá el acontecimiento más importante de la semana recién pasada fue el viaje apostólico del Papa Francisco a Cuba y Estados Unidos, seguido por multitudes de católicos y no católicos y cargado de sentimientos tan variados como emoción, fervor, admiración y hasta dudas.

Muchos se quedaron pensando por qué el Pontífice no reclamó duramente al gobierno de La Habana porque persiste la falta de libertades, o por qué no envió desde el púlpito un mensaje para los disidentes y para los cubanos en el exilio.

Fueron clave los mensajes de Su Santidad en los temas de inmigración, derecho a la vida, el cuido del planeta, unidad y reconciliación en el mundo y el papel de los políticos en la vida de los pueblos, esto último en su visita al Congreso de los Estados Unidos, un país de mayoría protestante que lo recibió con los brazos abiertos. No menos significativo fue su encuentro con los representantes de otras religiones y su plegaria en la Zona Cero en Nueva York, el blanco de la maldad y el terrorismo en septiembre de 2001.

Yo creo que esos viajes llevan los mensajes que dicen lo que tienen que decir, ni más ni menos. No esperemos ver grandes señales y portentos en el cielo. Lo demás lo marcan el tiempo y las circunstancias, pero llega.

Juan Pablo II, en su visita a la Isla en 1999, pidió “que Cuba se abra al mundo y que el mundo se abra a Cuba”, lo cual está ocurriendo ahora, de manera pacífica y gradual… en el tiempo perfecto.

Pero muchos no entienden estos acontecimientos y persisten en creer que el tiempo les es favorable, cuando más bien podría estar acabándoseles.

Recuerdo cómo hace cinco años una diputada oficialista fue a Los Ángeles a quejarse de que su partido tenía el Poder Ejecutivo y el Poder Legislativo en sus manos, pero no tenía el Judicial ni los medios de comunicación.

Todavía algunos lamentan que no tengan concentrados todos los poderes en su haber, lo cual no ocurre en los países verdaderamente democráticos, sino solo en las dictaduras unipartidistas.

Pero precisamente este ha sido otro signo de los tiempos: la Providencia les permitió llegar al poder, pero no se los dio todo.

El mundo está cambiando y los viejos detonantes de falsos romanticismos e idealismos ya no pegan, cuando la humanidad debe enfrentar retos más grandes como lograr verdaderamente el bien común y frenar nuevas amenazas como el radicalismo islámico.

Los países que aún se consideran comunistas, salvo Corea del Norte, hace tiempo que comenzaron a abrirse al mundo y a democratizarse paulatinamente, entre ellos China y Vietnam.

Hace algunos años, en Pekín, radicales izquierdistas latinoamericanos le pidieron a representantes del partido comunista que rompieran con Estados Unidos y que China se alzara como la primera potencia mundial. Ante esto, los chinos les respondieron: “No podemos. Estados Unidos es nuestro principal socio comercial y queremos mantener las relaciones mutuas como hasta ahora”.

Después, los latinos les sugirieron que “destruyeran esa moneda infernal que es el dólar, para que se alce el Yuan…”. Y la respuesta de los chinos fue: “¡Nooo! La mayor parte de nuestras reservas financieras está en dólares y no podemos destruirlas”.

Finalmente, los encendidos revolucionarios latinoamericanos les instaron: “¿Por qué no invaden Taiwán y recuperan ese territorio que es de ustedes…?”, a lo cual los chinos, sin perder la ecuanimidad, les contestaron: “La cuestión de la reunificación con Taiwán tomará el tiempo que sea necesario. Tenemos 19 tratados con Taiwán en varias áreas. Lo que queremos es vivir en paz y armonía con todos los pueblos del mundo…”.

Esa es una visión pragmática y objetiva. Ir tras viejos esquemas que sojuzgaron a media Europa, diezmaron por hambre y por las balas a varios pueblos de Asia y causaron guerras sangrientas en América es ir contra la historia, a menos que solo sean disfraces de verdaderos intereses mercantilistas y mezquinos.

Lo cierto es que los imperios con pies de barro han caído y con ellos hemos visto venirse abajo a figuras otrora todopoderosas e inconmovibles, al punto de ni ser recordadas por la generalidad. Los grandes e implacables acusadores terminan siendo acusados y juzgados.

Los gobiernos tienen su oportunidad de lucirse y de brillar por sus obras en beneficio de la gente y no por apelar siempre a la lucha entre hermanos y a vacías consignas revolucionarias, que al final emocionan y adormecen, pero que no dan de comer ni llevan a un país a su pleno desarrollo.

No entender esto es no entender los signos de los tiempos…

*Editor subjefe de El Diario de Hoy.