Lee la versión Epaper
Suscríbase
Lee la versión Epaper

Los santos nos señalan un camino

oy es un día de fiesta. Celebramos la santidad de todos aquellos familiares, amigos, conocidos y desconocidos que viven en la eternidad. Santa es toda aquella persona que ha muerto en amistad con Dios, y ahora en la eternidad, contempla su rostro resplandeciente. ¡Son bienaventurados! ¡Son santos! ¡Ya no sufren, son felices! y como dice San Pablo, "han recibido la corona de la gloria que no se marchita". Si tu mamá o tu papá han muerto, si hermano, hermana, tía o tío se han ido al cielo, si tu amigo o amiga ya no están, "no sufras", ellos viven para Dios, hoy es su fiesta. Esta sí es una verdadera celebración cristiana.

Los santos han sido nuestros semejantes. Son niños, jóvenes, adultos o ancianos que como nosotros, han pasado por esta vida en busca de la felicidad. No importa que hayan sido pobres o ricos, blancos o negros, lo que importa es que ahora son felices para siempre. Todos estamos llamados a estar con ellos, y para eso, es necesario seguir a Jesús, actuar como él, hacer el bien y amar a los demás como Jesús amó.

Dios nos llama a ser santos, como Dios es santo. No me refiero a los santos que vemos en los altares, me refiero a la santidad que nos esforzamos por alcanzar cada día. La santidad no es patrimonio de los que están en los altares. Es el destino de todos, como lo ha sido para esa multitud de santos anónimos a quienes hoy celebramos. No me refiero a ángeles, me refiero a hombres y mujeres de carne y de hueso que no nacieron santos, se hicieron santos tomando en serio el evangelio. La santidad es compromiso de cada día, y como dice Karl Rhaner, "El afán de cada día labra y vislumbra el rostro de la eternidad".

La vida de los santos nos señalan un camino. ¡También nosotros podemos llegar a la santidad! No todos los que ahora participan de la santidad de Dios han hecho milagros, o han dejado grandes obras, se han santificado día a día en el silencio, la oración, el trabajo, el servicio a los demás. Es el camino que han seguido con humildad en la pobreza o en la riqueza, en la apertura Dios, en la búsqueda de la verdad, de la justicia y de la paz. Ese camino lleva a la felicidad. Celebremos con gozo la fiesta de los que están en el cielo, les recordamos con gratitud y esperanza porque nos esperan en el paraíso.

Mañana es un día distinto. Es día de oración por los difuntos, por todos aquellos que han muerto en gracia y amistad con Dios y se purifican de la pena temporal merecida por los pecados. Orar por los difuntos es una práctica sumamente antigua: En el libro de los Macabeos leemos: "Mandó Juan Macabeo ofrecer sacrificios por los muertos, para que quedaran libres de sus pecados" (2Mac. 12, 46). La iglesia nunca ha olvidado a los difuntos, siempre ha orado por ellos. Muchos van hoy y mañana a los cementerios, y esto es una costumbre muy buena. Somos seres humanos que no debemos olvidar a los que han compartido con nosotros alegrías, tristezas, triunfos y fracasos. Recordemos las sabias palabras de San Agustín: "Una flor sobre su tumba se marchita, una lágrima sobre su recuerdo se evapora. Una oración por su alma, la recibe Dios".

*Sacerdote salesiano.H